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	<title>Spanish &#8211; Pedro Peschiera</title>
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		<title>Book Presentation by Ricardo Wiesse (2024) &#8211; Spanish</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Mar 2026 13:37:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Presentación del libro de Ricardo Wiesse, 2024 He visto esta muestra varias veces y releído el texto introductorio que compuse hace [&#8230;]]]></description>
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					<h1 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Presentación del libro de Ricardo Wiesse, 2024
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									<p>He visto esta muestra varias veces y releído el texto introductorio que compuse hace casi un año, y reafirmo cada una de mis aseveraciones. Solo caben miradas calladas, respetuosas ante espacios que han dejado de ser profanos para conectarnos con otra dimensión, donde reina el silencio. Aunque aquí sobran adjetivos, construcciones cerebrales, explicaciones o historias previas, intentaré ahora dar cuenta de mis impresiones. El pintor ha volcado su vida en estos cuadros. Ante cada una de estas piezas reconocemos no solo las horas insumidas en el trabajo manual, sino el trasfondo comprometido con los valores e ideales a los que responden.</p><p>Estas pinturas no son solo pieles deslumbrantes: son organismos que laten, vibran, se autocelebran como conquistas de un control sostenido a todo lo alto y largo de sus rectángulos, donde el ejecutante no ha descuidado un centímetro cuadrado, como el pianista que interpreta impecablemente su partitura en términos formales y expresivos, desde la primera hasta la última nota. La sensación que impregna al espectador cuando deja esta sala puede resumirse, sin temor alguno a exagerar, en la expresión de mi amigo Raúl Gutiérrez: “Es milagrosa”.</p><p>El contraste entre la realidad caótica, anómica del presente planetario y las obras que aquí vemos no puede ser mayor: por el lado de la “realidad”, todo parece desmoronarse, involucionar, perderse en la oscuridad que retorna a la indiferenciación, engendrar presentimientos fatídicos. Endebles como castillos de naipes, nuestras instituciones sociales colapsan sin horizonte nuevo a la vista, ahogadas por la codicia y arbitrariedad que socavan nuestra historia desde hace siglos. Descabezados, con la esfera política secuestrada por la corrupción extendida a todos los ámbitos y la Naturaleza herida hasta su descuartizamiento, caminamos directo al abismo. En medio del caos, Peschiera ha reunido sus pinturas y levantado con ellas esta zona liberada, incontaminada, que mantiene en el exterior las fuerzas de la disolución.</p><p>Pintada de violeta negruzco, vestida, como vemos, con los cuadros distribuidos impecablemente entre sus muros, esta sala se convierte en un núcleo de resistencia declarada a la desesperanza. Su creador ha librado una batalla prolongada con las ideas y convenciones sociales, culturales y artísticas que lo rodean. Aferrado a su propio mástil, ha ahondado vías prefiguradas por él hace décadas, despojándose de todos los objetos simbólicos que no fueran el muro. Sus “mantos” testimonian un respeto y apego profundos por los escenarios de este mundo, exaltados por el recuerdo de paisajes reales y el aprendizaje deleitado de maestros pintores de toda la historia del arte. Laborioso, disciplinado, amante de su oficio, domina técnicas antiguas que han caído en desuso hasta prácticamente extinguirse en estos reinos del cortoplacismo, la inmediatez, el entretenimiento trivial, volátil.</p><p>En el catálogo elaborado por Nelly Murdoch, varias fotografías a doble página enfocan libros, pinceles, frascos con pigmentos en polvo: los insumos de un pacto vital en permanente estado de combustión. El volumen que presentamos esta noche incluye imágenes de espectadores y sus sombras móviles ante los cuadros estáticos, que no solo dan una idea de la escala de las obras: aluden, testimonian la fugacidad inevitable de este montaje, de esta muestra que pasará a alojarse en la memoria de quienes la vimos y apreciamos como un regalo que despierta, amplía y refuerza aspiraciones trascendentales, más allá de la razón y de los monstruos anunciados por Goya.</p><p>Un largo camino ha llevado a Peschiera a sus formatos grandes, en los que se intensifica el efecto hipnótico del color, aplicado en miríadas de toques de pincel, puntos y comas que repiten un gesto siempre vivo, espléndidamente variado. La gran escala permite desplegar en toda su extensión los lujos de sus campos cromáticos, logrados por gradaciones de tono y matiz extremadamente sutiles, calibrados con tal exactitud que transmiten –por las vías ilusorias de la pintura– una impresión de dureza comparable a la del espacio arquitectónico, tridimensional y tangible que los aloja. Las figuras geométricas –los sólidos, las formas más simples, universales, atemporales– emergen desde una memoria remota de la especie. Como regiones cerradas del espacio, son estables, perfectas, regulares, medibles. Inmunes al cambio, reflejan la razón y la cifra suprema que gobierna y armoniza el cosmos. Imponentes, fantásticas, trazadas con un control insólito, las masas edificadas por Peschiera nos hunden suavemente en las perspectivas rigurosas de sus hiladas, que dejan de ser acumulaciones de ladrillos para transformarse en partituras visuales.</p><p>Es probable que dentro de los edificios altos se medite y rece desde un amanecer no visto, por lo menos desde este lado, donde el muro ciego impide ver a sus ocupantes, guardianes imaginarios de un tiempo estático, aislados del mundo transitorio, habitantes por anticipado de la eternidad a sus espaldas. Su arquitecto no les ha asignado otra función que la de visibilizar sentimientos, ideas e intuiciones que solo pueden concretarse pintándolas.</p><p>Las composiciones más complejas ensamblan bloques cóncavos y convexos en juegos de complementariedad volumétrica precisamente ajustada al perímetro. Entre bloque y bloque asoman resquicios, pasadizos discretos, que invitan a internarse imaginariamente detrás de estos. Todo apunta a lo alto, sin espectacularidad ni ostentación: sus monumentos reactualizan los ideales postergados, marginales de la austeridad y el despojamiento, vehículos de una ascensión a un plano superior del existir, inteligente y sensible, de realización humana. Lisas, parejas, libres de accidentes, las superficies pintadas vibran con los toques de colores yuxtapuestos, agitados como rastros diminutos de los golpes o caricias del pincel, puntos y comas, corpúsculos –o átomos– suspendidos que calzan inquietantemente con unos versos del poema didáctico <em>De Rerum Natura</em> (<em>Sobre la naturaleza de las cosas</em>) escrito en Roma medio siglo antes de Cristo, en los que el autor –Lucrecio, considerado el auténtico creador del materialismo científico– describe el fenómeno de la luz:</p><blockquote><p> “Aunque no sean visibles por sí mismos,</p><p> Los corpúsculos y las imágenes de las cosas</p><p> Flotan en la luz, como cuando el sol sale</p><p> Y algo brillante, que emiten los cuerpos,</p><p> Parece flotar en el aire”.</p></blockquote><p>Los toques de pintura en los lienzos de Peschiera nos sumergen en el mismo tema –la luz– y arriban a conclusiones sorprendentemente afines, separados por solo dos milenios. Algunos paños tienen el peso y la consistencia de la piedra o la tierra cocida; otros, la fluidez del agua, la ligereza del aire o la potencia del fuego. Un par de fachadas rojas percute sin pausa detrás de los ojos, y ahí se instala, con sus luces sanguíneas, capturadas de ocasos flamígeros para fijarse como rubíes en la memoria. Esas intensidades máximas han sido alcanzadas con gestos pictóricos repetidos, controlados, reducidos al mínimo en cada una de las variaciones singularizadas del tema que las hermana para envolver al espectador en una atmósfera fascinante, cálida, apaciguadora. Sedimentados capa tras capa, los pigmentos han madurado espléndidamente en cada lienzo. Los matices delicadamente diferenciados de sus pieles conjugan y reformulan en clave pictórica interrogantes atemporales de alcance universal.</p><p>El pintor admite que “fuerza un poco las cosas”, consciente del efecto complejo que la obra desata en el espectador. Su objetivo principal es incuestionablemente el color. Peschiera ha llevado al color a un punto de desarrollo que asombra. O el color es el que ha llevado a Peschiera por su vía regia. En todo caso, el pintor y sus colores –en realidad, los que ha tomado prestados de sus maestros y los que misteriosamente ha ido concertando en su paleta– se funden en la unidad lograda de cada pieza. Ceñidos a un esquema compositivo prefijado, exhiben sus variaciones únicas, irrepetibles, desprendidas de una búsqueda sin concesiones de armonías cada vez más refinadas. Solo una técnica depurada habilita a forzar “un poco las cosas” de manera tan persuasiva.</p><p>El color no miente: llevarlo a un nivel musical es arduo, pero una vez lograda, la victoria es incontestable. Conquistada la luz, todo es posible. El de Peschiera no ha sido un rapto súbito, prometeico, sino el resultado de una entrega paciente y dedicada al trabajo, de un tenaz, meticuloso entrenamiento, de una vida dedicada a ver con los ojos y la mente, de dialogar con las obras que lo atrapan, un catálogo enorme, abierto, guiado por su mirada reflexiva. En sus colores encontramos resonancias intrincadas, ecos de maestros antiguos y presencias contemporáneas, filtrados por una sensibilidad que apunta siempre a lo más alto, armónico, sublime.</p><p>Sin proponérselo, el artista actúa como un conector entre este mundo amenazado por la insensatez de su especie dominante y la magia visible del lenguaje poético, de los símbolos, de las aspiraciones humanas más genuinas. Libre de implicancias confesionales, su religiosidad reluce calladamente, como la donación gratuita de un espíritu a otro, sin intermediarios, corsés o dogmas. Habla la lengua originaria desconocida que alienta en todo individuo, abierta a la epifanía, a la revelación, a lo inefable.</p><p>Estos cuadros emanan un silencio remoto, primitivo, fundamental. Sus calidades casi irreales corresponden a la esfera de lo mágico. Son receptáculos de quietud, de paz imperturbable, y el envés, la cara visible de la realidad oculta detrás de los cambios que nos aguarda, el próximo punto de nuestro itinerario, cuando nos hayamos liberado del espacio y del tiempo, y dejado de preguntarnos “¿qué hay detrás de estos muros?”.</p><p>Como un monje del desierto, el artista centrado en sí mismo se ha apartado del ruido del mundo y sus distracciones para ingresar en el mutismo del enigma, de los movimientos intransferibles del alma mística. Sus pinturas pueden recordarle al espectador despistado que en su interior duerme una grandeza ignorada, que de repente está viviendo una milésima fracción de su potencial consciente y afectivo, que se está conformando con lo bajo, vulgar, descartable de la cultura actual, que permanecer acríticamente en su zona de confort puede eventualmente, en un momento de lucidez, resultarle degradante. La pintura, como todo arte, tiene el poder de desatar revelaciones, como pide el poeta Rilke en <em>Torso de Apolo arcaico</em>: “Debes cambiar tu vida”. Puede llegar a ser, efectivamente, milagrosa, mientras el mundo se cae a pedazos.</p><p class="p1"><span class="s1">Étudiant passionné des traditions culturelles du soi-disant Vieux Monde des conquérants chrétiens de l’Amérique, Peschiera s’est familiarisé avec l’univers symbolique de l’architecture médiévale, avec les maîtres peintres de la première Renaissance, avec les maniéristes et avec les modernes assimilés par son esprit critique, nettement sélectif. Dans ses œuvres, les tonalités chromatiques de la côte désertique de son pays natal persistent également, bien que voilées, évocations d’un lien nostalgique qu’il ne veut pas perdre. « Être péruvien, a-t-il déclaré, et aimer profondément l’art et la culture européennes, être immergé, mais savoir toujours que je ne suis pas européen et que je ne pourrai pas l’être, que je serai toujours loin, constitue une grande partie de ma péruvianité. Point final. Il n’est pas pertinent d’approfondir cette question: ses réalisations visuelles le distinguent comme un créateur cosmopolite indépendant et réfléchi, lancé dans la recherche d’un contenu transcendant, sans aucune concession aux contraintes changeantes des goûts actuels et du marché.</span></p><p class="p1"><span class="s1">Dans un sens opposé à celui de l’avant-garde artistique qui, il y a plus d’un siècle, a renoncé à ses propres fondements civilisationnels et a eu recours à l’exotisme des périphéries « primitives » à la recherche d’un air pur, Peschiera plonge fondamentalement dans l’antiquité gréco-latine classique et son héritage ancien. Solitaire – bien que non isolé – sa vision et sa pratique remettent en question les impositions de la pensée dominante, autoritaire et discriminatoire, typiques de notre présent tanatisé, soumis au fanatisme et aux peurs irréductibles. Comment un tempérament comme le sien réagit-il aux dérapages de la marche collective vers l’autodestruction, malgré les avancées scientifiques et technologiques qui étonnent chaque jour?</span></p><p class="p1"><span class="s1">Les peintures de Peschiera s’inscrivent dans un plaidoyer à contre-courant – bien que marginal, à peine visible, réduit au silence sous les dissonances dominantes – pour préserver les valeurs dans tous les domaines et dans tout ordre de choses. Dédié à la culture d’idéaux inaliénables, il affronte le défi persistant de la mort collective avec les armes disponibles de sa créativité mentale et manuelle. Il s’agit d’un combat tenace, calme et lucide contre les sorties de secours et les fausses idées sur l’immédiateté, répandues sur la surface de la terre. Avec obstination, l’artiste imagine et conquiert des espaces libérés du cauchemar ambiant. Dans son œuvre, le principal protagoniste de l’art de la peinture domine, souverain, autonome, imperturbable : la couleur. Ses compositions immobiles, sereines, empreintes de qualités contemplatives, sont des décors vides, radicalement dépourvus de toute agitation et présence animée. Le spectateur y est immergé, baigné de transparences chromatiques semblables à celles des vitraux médiévaux. Délicates au plus haut point, ces dégradés tonals semblent issus d’un univers alternatif, contrastant dans leur perfection harmonieuse avec la sombre violence du monde qui implose sous nos regards stupéfaits. Discrètement, le peintre – malgré ou grâce à son agnosticisme déclaré – persévère et fouille inlassablement, confiant dans les capacités supérieures qu’il reconnaît en lui-même et, par extension, en l’humanité tout entière. Souterrainement, sa pratique imite celle de ses ancêtres des catacombes romaines, qui laissaient derrière eux leurs emblèmes salvateurs avant d’être dévorés par des bêtes sauvages rendues folles par la faim. L’une de ses déclarations est particulièrement éclairante: «Le lien religieux n’est peut-être plus là, mais la trace demeure.»</span></p><p class="p1"><span class="s1">«Ma peinture n’aurait pas pu exister à une autre époque», précise-t-il. La pierre angulaire de son métier, ses connaissances techniques – atypiques à notre époque – proviennent de fournisseurs aussi prolifiques et abordables que jamais dans l’histoire, qu’il définit comme «l’énorme inventaire hérité à travers les âges ». Son culte du travail manuel l’a amené à étudier, parmi d’innombrables traités, les 189 chapitres du Livre de l’Art de Cennino Cennini – élève d’Agnolo Gaddi, initié à son tour par son père, Taddeo, filleul et disciple pendant 24 ans du grand Giotto – ainsi que de contacter personnellement des artistes comme Tilsa Tsuchiya, qui lui a insufflé son goût pour la qualité de la surface picturale, ainsi que sa découverte de la peinture appliquée par glacis. Une autre grande peintre péruvienne, Julia Navarrete, qui sans interruption a exercé sur lui son enseignement depuis ses jours lointains à l’École des Arts Plastiques de l’Université Catholique du Pérou, où son directeur Adolfo Winternitz répétait comme un mantra que le travail de l’artiste consistait en «10 pour cent d’inspiration et 90 pour cent de transpiration.»<span class="Apple-converted-space">  </span>Ses préoccupations intellectuelles l’ont amené pendant plusieurs semestres dans les classes d’enseignants aussi éminents que l’humaniste George Steiner, à se familiariser avec la littérature moderne ainsi qu’avec les textes des Premiers Pères de l’Église – Origène, Jean Damascène, Augustin d’Hippone – et à s’aventurer temporairement dans les monastères cisterciens pour expérimenter de première main l’austérité quotidienne de leurs occupants. Ses thèmes picturaux témoignent fidèlement du même renoncement radical et de la même approche respectueuse de la règle stricte de ces renonçants, aux antipodes de l’hédonisme écervelé qui distrait et soumet le profane commun et ordinaire.</span></p><p class="p1"><span class="s1">Peschiera se décrit comme « quelqu’un qui aime la peinture » et reconnaît: «Ma peinture et son espace et même sa couleur ont quelque chose de intrinsèquement italien.» Avec cela, il revendique génétiquement une sensibilité nourrie par ses visites artistiques exhaustives au pays de ses aînés. Sans prétention, il erre toujours en admirant musées et monuments, et suit involontairement le chemin du magicien des cavernes, de l’ermite du désert, de l’architecte roman, du tailleur de pierre gothique et de l’avant-gardiste solitaire, devenu un médium qui relie le haut et le bas. Transmetteur de beautés avide et laborieusement assemblées, il vit pour peindre, convaincu que sa routine devant le chevalet se transmue en épanouissement personnel. Alors seulement, il devient le premier spectateur de naissances étonnantes, générateur de sens et de surprises incomparables. Fasciné par le pouvoir émotionnel et sensuel de la couleur, il vérifie à quel point chaque bande de l’arc-en-ciel influence le contenu du tableau: «C’est comme si les tableaux exprimaient un besoin d’être, leur urgence d’exister.»</span></p><p class="p1"><span class="s1">Les possibilités infinies de superposition, la proximité ou le voisinage des champs de couleur – comme le démontrent les œuvres de Mark Rothko et Josef Albers, le premières «atmosphériques» et les autres «hard-edge» – ainsi que leurs approches et variations, fonctionnent comme des «garants du non-épuisement des formes ». Si à ses débuts Peschiera gardait ses distances avec la meilleure peinture du siècle dernier (« l’avant-garde, affirmait-il, n’avait que peu ou rien à voir avec mon rapport à la vie ou au monde »), son appréciation changea au fil du temps devant l’œuvre paradigmatique de Kazimir Malévich et de ses disciples, notamment certains minimalistes américains. Inspiré par l’affirmation « moins c’est plus », inventée par l’architecte Mies Van der Rohe, les carrés (presque) monochromes d’Ad Reinhardt, les trames réticulaires d’Agnès Martin, la «religiosité sans images» de Brice Marden et une longue liste d’autres, influencèrent de manière décisive le revirement notable de sa peinture au cours des dernières décennies, en enflammant sa palette il remit l’accent sur le plan comme réceptacle d’interactions réverbérantes, des vibrations joyeuses. Ce carrefour amena le peintre à préciser sa volonté de «forcer un peu les choses» en les «transfigurant».</span></p><p class="p1"><span class="s1">Loin des désirs mimétiques, Peschiera érige des murs fantastiques, lisse les façades incrustées de topazes, de saphirs, d’émeraudes, d’améthystes et d’innombrables particules de joyaux, solidement cimentées par la géométrie. Ces études architecturales – pensons-nous – auraient comblé Georges Seurat comme l’accomplissement de ses rêves et de ses intuitions les plus audacieuses. Sa technique démantèle perceptivement la continuité visible commune en unités minuscules, fusionnées par la science de la couleur : un régal pour l’œil contenu dans les approches prématurément tronquées du maître pointilliste français. La main et l’entendement sensible pulsent ces plans splendides, dépassent qualitativement la réalité habituellement observable et atteignent des dimensions auratiques aussi familières aux anciens qu’étranges aux vues actuelles, satisfaites et atrophiées par leurs appareils et leurs pixels.</span></p><p class="p1"><span class="s1">Un arc de soixante millénaires s’élève entre l’art aborigène d’Australie – la culture vivante la plus ancienne de la planète, où le « point » fonde les recréations du Temps du Rêve jusqu’à aujourd’hui – les œuvres tardives de Vermeer, le « chromoluminarisme » – ou « divisionnisme » – post- l’impressionnisme de Seurat et Signac, les surfaces pointillées du cubisme synthétique parisien dites « confettis » et les points « benday » de Roy Lichtenstein. Dans ses textes théoriques, Vassili Kandinsky définit le point comme « l’unité la plus simple de l’image », dont la répétition permet d’obtenir « des sonorités visuelles différentes ». Ce récit succinct n’entend pas épuiser les précédents des œuvres évoquées ici, mais seulement donner une idée de l’omniprésence de cet élément primordial de la peinture, « origine », selon les mots de Kandinsky, «du reste des formes naturelles».</span></p><p class="p1"><span class="s1">Solides, massifs comme les figures géométriques de base, les parallélépipèdes construits par Peschiera se dressent les pieds fermement ancrés au sol. Ses formes élémentaires reposent sur la mesure rigoureuse et patiemment calibrée des structures linéaires projetées comme un hébergement sûr pour les déploiements chromatiques ultérieurs, des plans différenciés par les tons de leurs orientations légèrement contrastées, sans aucune allusion aux heures ou au passage du temps lui-même occasionnant les ombres projetées par la source lumineuse, le Soleil.<span class="Apple-converted-space">  </span>Ajustés au périmètre quadrangulaire, posés avec la précision des grands perspectivistes (Alberti, Uccello, Da Vinci), dans ces écrans polychromes se dissolvent les dichotomies conventionnelles figuration/abstraction, passé/présent, et l’opposition gravitationnelle entre peinture rétinienne et art conceptuel, aussi captivante que la personnalité insolente, ludique et subversive de son auteur, Marcel Duchamp. Les inventions de Peschiera ne peuvent être attribuées à aucun style antérieur, hormis son air roman vague et lointain. Si nous renonçons aux allusions au monde physique – aux sols et aux ciels statiques qui les encadrent – il ne restera que des parallèles horizontaux progressifs, symétriquement arqués, des schémas à peine différenciés les uns des autres. Ce sont des constructions abstraites, concrétions d’objets logés dans l’esprit, qui dessine, tourne, scrute à volonté et navigue dans des labyrinthes intellectuels jusqu’à les transformer en captures oniriques. Ils n’imitent rien. Elles s’ouvrent comme des corps et des partitions autonomes où résonnent des harmonies visuelles, configurées par elles-mêmes comme des expressions inclassables d’une gestation lente et sûre, assignables – étant donné que l’art pictural manque de muse spécifique dans le panthéon grec – à Terpsichore, «celle qui se plaît à danser».</span></p><p class="p1"><span class="s1">Il est amusant d’imaginer ce qu’aurait pensé Marcel Duchamp des peintures à la tempera émulsionnée de Peschiera, si séduisantes pour le cristallin et en même temps porteuses d’idées élaborées par besoin expressif. Ces considérations nous amènent à répéter un truisme: il n’y a pas d’art sans concepts. Peut-être l’auteur des Ready-mades aurait-il pris ses distances avec ses jeux linguistiques ingénieux et révélateurs et se serait-il ouvertement réconcilié avec les mystères de l’art pictural et son silence consubstantiel. (Ce n’est un secret pour personne, malgré ses déclarations incendiaires, le grand Marcel n’a jamais cessé de peindre). Peut-être, face à ces déploiements picturaux méticuleusement pensés et fabriqués – complexement sensibles et intellectuels – aurait-il plaidé pour une re-matérialisation de l’art plus que pertinente et nécessaire.</span></p><p class="p1"><span class="s1">Que trouve-t-on derrière les Manteaux (Mantos), de ces façades éblouissantes, sinon un paysage peuplé de symboles antérieurs, à savoir des barques, des coquillages, des tables, des puits, des bols, des cloches et autres récipients du vide ? Un chemin long et sinueux a conduit le peintre à concevoir et développer ces plans stratifiés par des lignes précises, ces lignes nues, progressivement arquées comme des livres ouverts qui nous enveloppent entre de subtiles modulations. Un souffle lyrique, calme, imposant, à la fois solennel et léger, resplendit dans ces assises de pierre ou de brique. L’identification du matériau n’a pas d’importance : ce n’est que de la peinture tout-court, juste des touches de tempéra à l’œuf, une recette héritée de Byzance, des manuscrits miniaturisés, des moines ermites qui volent invisibles sur ces surfaces. Sculptés avec une diligence exceptionnelle, ces murs condensent une signification unique, inhabituelle en ces temps orphelins, dépourvus d’aspirations plus élevées, dominés par le désir de rapidité et d’efficacité productive, préméditée, inévitablement jetable.</span></p><p class="p1"><span class="s1">Arrêtons-nous brièvement sur le titre qui regroupe les architectures: «Arches/Karakoram-Paysage». La triade provoque un effet enchanteur, abracadabrant, euphonique, faisant simultanément référence au réel-géologique (la chaîne de montagnes appelée Karakorum en turc, qui signifie « roche noire», équivalent au terme Krishnagin, «montagnes noires», en sanskrit), à l’histoire biblique (l’arche du Déluge ou celle de l’Alliance du peuple hébreu avec Yahvé) et une signification fantastique du paysage vu comme somme et réceptacle de sommets architecturaux. Les noms associés contiennent leur propre logique. Ils expriment dans le ton personnel de Peschiera la complexité contenue dans ses constructions apparemment simples. Rien de gratuit, des énigmes verbales ajoutent des couches de sens à la myriade de touches chromatiques qui se chevauchent.</span></p><p class="p1"><span class="s1">La peinture est la couche externe et visible des préoccupations qui bouillonnent au sein de l’artiste. Sa marche vers l’intérieur accumule les événements, les révélations, les découvertes, les assimilations, les sédiments significatifs. Intense, passionnée, sa veine réflexive a été marquée en permanence par des questions qui n’attendent pas de réponse : elles cherchent seulement à être formulées clairement, et à ouvrir les fissures d’un mysticisme durablement enraciné. Le voyageur persiste dans ses efforts d’élucidation, familier avec les réalisations spirituelles de tous les temps et de toutes origines. Son chemin avance en compagnie d’écrivains aussi divers que son admiré Herman Melville et le symboliste métaphysique René Guénon, jusqu’à des auteurs peu connus du grand public. L’un de ces derniers, Roger Munier – diffuseur français de Heidegger, commentateur du mystique quiétiste Angélus Silésius, traducteur de haïkus, qu’il « aurait aimé rencontrer » – a écrit des aphorismes énigmatiques, comme la citation qui titre ces paragraphes. Ces exemples contribuent à illustrer les lectures prolifiques du peintre, sa vocation à sonder les profondeurs, à s’aventurer sur le territoire du secret, du miracle de la conscience et de l’émerveillement de vivre, et à habiter les espaces de pensée les plus cachés et les plus poétiques.</span></p><p class="p1"><span class="s1">«Il y a dans ce que je vois quelque chose que je ne vois pas. Qui fait la magie de ce que je vois.» Ce «quelque chose » est une zone grise, indéterminée, oscillant entre le regard qui pénètre et l’esprit qui s’interroge. Simultanément, paradoxalement, elle révèle et cache les incapacités de la raison à aborder le mystère de l’être ici, dans ce monde phénoménal inépuisablement interprétable, résistant aux tautologies aussi connues et populaires que la déclaration de Frank Stella: «Ce que vous voyez est ce que vous voyez.»<span class="Apple-converted-space">  </span>Parmi tant d’autres, le grand peintre américain Philip Guston s’accorde presque littéralement avec Munier: «La peinture n’est pas sur une surface mais sur un plan imaginé. Cela bouge dans l’esprit. Ce n’est pas du tout là physiquement. C’est une illusion, un morceau de magie. Par conséquent, ce que vous voyez n’est pas ce que vous voyez. Ces deux affirmations nous ramènent au célèbre dicton de Léonard de Vinci, pour qui la peinture est «cosa mentale».</span></p><p class="p1"><span class="s1">L’usage courant et ordinaire du sens de la vue rencontre des défis particulièrement complexes face à des œuvres picturales comme celles de Peschiera, peu enclines à se laisser définir par la raison. En élargissant la voie conventionnelle – le mode automatique adopté par l’œil pour reconnaître les objets – ces œuvres conduisent de manière convaincante le spectateur à l’intérieur du plan. Les espaces peints restent invariablement bidimensionnels, mesurables, tangibles, mais ils dégagent des qualités indéfinissables, inhabituelles, inabordables par les mots. Face à cela, nous ne pouvons que voir et rester silencieux. Les arts visuels en général, et la peinture en particulier, ouvrent l’accès à des quadrants de sensibilité peu expliqués, mais non moins réels. Ils élargissent les frontières connues, exposent les insuffisances verbales, recréent des éblouissements préconscients qui remontent au rituel paléolithique, à l’origine oubliée, enterrée par l’un des adversaires secrets de notre horizon artistique : la manie explicative, soi-disant déchiffrante, qui ne fait qu’abîmer le jeu silencieux entre les stimuli et les réponses. Nous vivons saturés d’images, de concepts prédigérés par les spécialistes, pleins de faux prophètes qui décrètent de temps en temps la mort de la peinture, du chevalet, pour qui les peintures à l’huile et leurs solvants sont synonymes d’un passé sans avenir. En vérité, les progrès technologiques n’ont fait preuve que de naïveté: des parodies aléatoires en 3D, des substituts hypnotiques à un public de masse de plus en plus infantilisé, ignorant de toute la ligne des valeurs «débranchées».</span></p><p class="p1"><span class="s1">L’art de Pedro Peschiera a atteint un niveau de qualité incontestable. Son excellence conservera une pertinence permanente, à l’abri des changements et des modes passagères. Il faut espérer que ces peintures seront un jour, espérons-le, pas trop lointain, incorporées dans des collections publiques, et que leurs réalisations seront diffusées comme musique de guérison, soulagement et antidote au découragement général. Ses peintures contrecarrent la platitude existentielle qui ravage toutes les couches sociales. Elles donnent de la dignité à la vie, l’exaltent. Elles renforcent les défenses individuelles en ces temps opaques, si enclins à précipiter l’indifférence et des options défaitistes telles que le refuge dans les «zones de confort» tant évoquées. Rien ne tombe du ciel, semblent-elles nous dire. À l’instar des générations qui ont construit les cathédrales en défiant la loi de la gravité, les oppressions et les dangers qui les guettaient, elles proclament que l’âme humaine est capable d’entreprendre et d’accomplir des exploits apparemment inaccessibles. Ces œuvres lumineuses poursuivent les diktats instructifs de transmissions culturelles ininterrompues, bien décidées à vivifier les rêves lointains de l’espèce, à ne pas mourir. La volonté vitale contrecarre le non-sens. Elle peut le remplir de valeurs esthétiques et morales, affronter les terreurs et les incertitudes inhérentes à notre condition. Une tâche insomniaque, constante, responsable, toujours à portée de main.</span><span class="s1"><span class="Apple-converted-space">                                                    </span></span></p><p class="p1" style="text-align: right;"><span class="s2">Ricardo Wiesse R.</span></p>								</div>
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		<title>Text by Ricardo Wiesse (2024) &#8211; Spanish</title>
		<link>https://pedropeschiera.com/text-by-ricardo-wiesse-2024-spanish/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 15 Oct 2024 16:16:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exhibition 2024]]></category>
		<category><![CDATA[Ricardo Wiesse]]></category>
		<category><![CDATA[Spanish]]></category>
		<category><![CDATA[Text]]></category>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Texto Ricardo Wiesse 2024 VER, PINTAR, PENSAR “Hay en lo que veo algo que no veo. Que hace la magia de [&#8230;]]]></description>
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									<blockquote><h3><em>“Hay en lo que veo algo que no veo. Que hace la magia de eso que veo.”</em></h3><p>            Roger Munier</p></blockquote>								</div>
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									<blockquote><h3><em>“La rosa es sin porqué, florece porque florece.”</em></h3><p>Ángelus Silesius</p></blockquote>								</div>
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									<p>La trayectoria de Pedro Peschiera constituye, vital y artísticamente, un caso peculiar entre los pintores peruanos de su generación: nacido y formado en Lima, emigró a Suiza hace más de cuatro décadas. Establecido en Ginebra, desarrolla a orillas de su gran lago una obra compleja, enigmática, labrada en términos absolutamente personales. Pese a la distancia que las aleja por completo de las corrientes en boga y de los lugares comunes de estos tiempos, las riquezas formales y conceptuales extendidas en sus lienzos se afincan y se arraigan por derecho propio en los predios convulsos de nuestra contemporaneidad.</p><p>Estudioso apasionado de las tradiciones culturales del llamado Viejo Mundo por los conquistadores cristianos de América, Peschiera se ha familiarizado con el universo simbólico de la arquitectura medieval, con los maestros pintores del primer Renacimiento, con los manieristas y con los modernos asimilados por su espíritu crítico, marcadamente selectivo. En sus obras perduran también, aunque veladas, las claves cromáticas propias del litoral desierto de su patria, evocaciones de un vínculo nostálgico que no está dispuesto a perder. “Ser peruano —ha declarado— y amar profundamente el arte y la cultura europea, estar embebido, pero siempre sabiendo que no soy europeo y que no podré serlo, que siempre estaré lejos, constituye en gran parte mi peruanidad”. Punto. Ahondar más en esta cuestión es irrelevante: sus logros visuales lo distinguen como un creador cosmopolita independiente y reflexivo, embarcado en una búsqueda de contenidos trascendentes, nada concesiva con las compulsiones tornadizas de los gustos y el mercado actuales.</p><p>En un sentido inverso al de las vanguardias artísticas que hace más de un siglo renegaron de sus propios cimientos civilizatorios y recurrieron al exotismo de las periferias “primitivas” en busca de aires incontaminados, Peschiera hurga fundamentalmente en la antigüedad clásica grecolatina y en su legado milenario. Solitarias —aunque no aisladas—, su visión y práctica recusan las imposiciones del pensamiento dominante, autoritario, discriminador, propio de nuestro presente tanatizado, sometido por fanatismos y miedos irreductibles. ¿Cómo responde un temperamento como el suyo ante los deslizamientos de la marcha colectiva hacia su autodestrucción, pese a los avances científicos y tecnológicos que asombran día a día?</p><p>Las pinturas de Peschiera forman parte de un alegato contracorriente —aunque marginal, apenas visible, silenciado bajo las disonancias imperantes—por preservar valores en todo ámbito y orden de cosas. Entregado al cultivo de ideales irrenunciables, enfrenta con las armas disponibles de su creatividad mental y manual el desafío persistente de la muerte colectiva. La suya es una lucha tenaz, callada, lúcida, contra las puertas de escape y las falacias inmediatistas esparcidas sobre la faz de la tierra. Obstinadamente, el artista imagina y conquista espacios liberados de la pesadilla circundante. En su obra domina, soberano, autosuficiente, imperturbable, el protagonista principal del arte de la pintura: el color. Sus composiciones inmóviles, serenas, henchidas de calidades contemplativas, son escenarios vacíos, desprovistos radicalmente de toda agitación y presencia animada. Allí se sumerge el espectador, bañado por transparencias cromáticas similares a las de los vitrales del Medioevo. Delicadas en grado máximo, esas gradaciones tonales parecen provenir de un universo alternativo, contrapuesto en su perfección armónica a la violencia sombría del mundo que implosiona ante nuestras miradas estupefactas. Discretamente, el pintor —pese o gracias a su agnosticismo declarado— persevera y excava sin descanso, confiado en las capacidades superiores que reconoce en él y, por extensión, en la humanidad entera. Subterráneamente, su práctica emula a sus antecesores de las catacumbas romanas, que dejaron tras de sí sus emblemas salvíficos antes de ser devorados por fieras enloquecidas por el hambre. Una declaración suya resulta particularmente ilustrativa: “El nexo religioso ya quizás no está, pero la huella aún perdura”.</p><p>“Mi pintura no podría haber existido en otra época”, aclara. Piedra basal de su oficio, su saber técnico —atípico en estos tiempos—, proviene de surtidores tan prolíficos y asequibles como nunca antes en la historia, que él define como “el enorme inventario heredado a través de las épocas”. Su culto por el trabajo manual lo ha llevado a estudiar, entre un sinnúmero de tratados, los 189 capítulos de El libro del Arte de Cennino Cennini —alumno de Agnolo Gaddi, iniciado a su vez por su padre, Taddeo, ahijado y discípulo por 24 años del gran Giotto— y a contactarse personalmente con artistas como Tilsa Tsuchiya, inculcadora de su gusto por la calidad de la superficie pictórica, así como de su descubrimiento de la veladura. Otra gran pintora peruana, Julia Navarrete, ejerce en él un magisterio ininterrumpido desde sus lejanos días en la entonces Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica del Perú, donde su director Adolfo Winternitz repetía como un mantra que el trabajo del artista constaba de “10 por ciento de inspiración y 90 por ciento de transpiración”. Sus inquietudes intelectuales lo llevaron varios semestres a las aulas de maestros tan distinguidos como el humanista George Steiner, a familiarizarse con las letras modernas tanto como con los textos de los Primeros Padres de la Iglesia —Orígenes, Juan Damasceno, Agustín de Hipona— y a incursionar temporalmente en monasterios cistercienses para vivir en carne propia la austeridad cotidiana de sus ocupantes. Sus temas pictóricos testimonian fidedignamente la misma renuncia radical y la aproximación respetuosa a la regla estricta de estos renunciantes, en las antípodas del hedonismo descabezado que distrae y somete al profano común y corriente.</p><p>Peschiera se describe a sí mismo como “alguien que ama la pintura” y reconoce: “Mi pintura y su espacio y hasta su color tienen algo de intrínsecamente italianos”. Con ello, reivindica genéticamente una sensibilidad nutrida por sus visitas artísticas exhaustivas a la tierra de sus mayores. Libre de ínfulas, recorre siempre admirando museos y monumentos, y prosigue sin proponérselo la senda del mago de las cavernas, del ermitaño del desierto, del arquitecto románico, del cantero gótico y del vanguardista solitario, convertido en médium que vincula lo alto y lo bajo. Trasmisor de bellezas ávida y laboriosamente reunidas, vive para pintar, convencido de que su rutina frente al caballete es transmutada en realización personal. Solo así se convierte en el primer espectador de alumbramientos pasmosos, en generador de sentido y sorpresas incomparables.</p><p>Fascinado con el poder emotivo y sensual del color, comprueba cuánto influye cada franja del arco iris en el contenido del cuadro: “Es como si las pinturas mostraran una necesidad de ser, su urgencia de existir”.</p><p>Las posibilidades infinitas de la superposición, el ayuntamiento o la vecindad de los campos de color —como lo demuestran las obras de Mark Rothko y Josef Albers, las primeras “atmosféricas” y las otras “de filo duro”—, así como sus planteamientos y variaciones, funcionan como “garantes del no-agotamiento de las formas”. Si en sus comienzos Peschiera se mantuvo a distancia de la mejor pintura del siglo pasado (“las vanguardias —sostenía— tenían poco o nada que ver con mi relación con la vida o el mundo”), su apreciación cambió ante la obra paradigmática de Kazimir Malevich y sus seguidores, especialmente los minimalistas norteamericanos. Inspirados en el aserto “menos es más”, acuñado por el arquitecto Mies Van der Rohe, los cuadrados (casi) monocromos de Ad Reinhardt, las tramas reticulares de Agnes Martin, la “religiosidad sin imágenes” de Brice Marden y un largo etcétera incidieron decisivamente en el vuelco notable de su pintura en las últimas décadas, cuando encendió su paleta y repotenció el plano como receptáculo de interacciones reverberantes, de vibraciones gozosas. Esa encrucijada llevó al pintor a esclarecer su voluntad de “forzar un poco las cosas”, y “transfigurarlas”.</p><p>Alejado de afanes miméticos, Peschiera erige muros fantásticos, alisa fachadas incrustadas con topacios, zafiros, esmeraldas, amatistas y un sinfín de partículas enjoyadas, cimentadas sólidamente por la geometría. Estos levantamientos arquitectónicos —especulamos— hubiesen colmado a Georges Seurat como una plasmación de sus sueños e intuiciones más audaces. Su técnica desmonta perceptivamente la continuidad visible común en unidades diminutas, fusionadas por la ciencia del color: la fiesta para el ojo contenida en los planteamientos prematuramente truncados del maestro puntillista francés. La mano y el entendimiento sensible pulsan estos planos espléndidos, sobrepasan cualitativamente la realidad rutinariamente observable y alcanzan dimensiones auráticas tan familiares para los antiguos como extrañas a las miradas actuales, satisfechas y atrofiadas por sus dispositivos y pixeles.</p><p>Un arco de sesenta milenios se alza entre el arte aborigen de Australia —la cultura viva más antigua del planeta, donde el “dot” fundamenta hasta hoy las recreaciones del Tiempo del Sueño— las obras tardías de Vermeer, el “cromoluminarismo” —o “divisionismo”— postimpresionista de Seurat y Signac, las superficies punteadas del cubismo sintético parisino conocidas como “confetti” y los puntos “benday” de Roy Lichtenstein. En sus textos teóricos, Vasili Kandinsky definió el punto como “la unidad más simple de la imagen”, cuya repetición habilita a alcanzar “diferentes sonoridades visuales”. Este recuento sucinto no pretende agotar los precedentes de las obras que aquí se comentan, solo dar una idea de la omnipresencia de este elemento primario de la pintura, “origen”, en palabras de Kandinsky, “del resto de las formas naturales”.</p><p>Sólidos, macizos como las figuras geométricas básicas, los paralelepípedos edificados por Peschiera se alzan con los pies bien plantados en la tierra. Sus formas elementales descansan en la medición rigurosa, pacientemente calibrada, de las estructuras lineales proyectadas como hospedaje seguro de los despliegues cromáticos posteriores, planos diferenciados por los tonos propios de sus orientaciones levemente contrapuestas, sin alusión alguna a las horas ni al paso del tiempo propias de las sombras arrojadas por la fuente de luz, el Sol. Encajadas al perímetro cuadrangular tendido con la precisión de los grandes perspectivistas (Alberti, Uccello, Da Vinci), en estas pantallas polícromas se disuelven las dicotomías convencionales figuración/abstracción, pasado/presente, y la gravitante oposición entre pintura retiniana y arte conceptual, tan embelesadora como la personalidad insolente, lúdica y subversiva de su autor, Marcel Duchamp. Las invenciones de Peschiera no son asignables a estilo previo alguno, descontado su vago, distante aire románico. Si prescindimos de las alusiones al mundo físico —los suelos y cielos estáticos que las enmarcan— restarán solo paralelas horizontales progresivas, simétricamente arqueadas, esquemas apenas diferenciados entre sí. Son construcciones abstractas, concreciones de objetos alojados en la mente, que dibuja, voltea, escruta a sus anchas y sortea laberintos intelectuales hasta transformarlos en capturas oníricas. Nada imitan. Se abren como cuerpos autónomos y partituras donde resuenan armonías visuales configuradas por sí mismas como expresiones inclasificables de una gestación lenta y segura, asignable —dado que el arte pictórico carece de musa específica en el panteón griego— a Terpsícore, “la que deleita en la danza”.</p><p>Divierte imaginar qué hubiese pensado Marcel Duchamp frente a las témperas emulsionadas de Peschiera, tan seductoras a las lentes retinianas y simultáneamente continentes de ideas elaboradas por la necesidad expresiva. Estas consideraciones llevan a repetir una verdad de Perogrullo: no hay arte sin conceptos. Quizás el autor de los Ready-mades se hubiese apartado de sus ingeniosos y reveladores juegos lingüísticos y reconciliado abiertamente con los misterios del arte pictórico y con su silencio consustancial. (Para nadie es secreto que, pese a sus declaraciones incendiarias, el gran Marcel jamás dejó de pintar). Quizás, ante estos despliegues minuciosamente pensados y manufacturados —intrincadamente sensibles e intelectuales— hubiese abogado por una más que pertinente y necesaria rematerialización del arte.</p><p>¿Qué encontramos detrás de los Mantos y de las fachadas fulgurantes, sino un paisaje poblado de símbolos previos, es decir, barcas, conchas, mesas, pozos, cuencos, campanas y demás contenedores del vacío? Un largo, serpenteante camino ha conducido al pintor a concebir y desarrollar estos planos estratificadas por líneas precisas, estos renglones desnudos, arqueados progresivamente como libros abiertos que nos abrazan entre modulaciones sutiles. Un aliento lírico, callado, imponente, a la vez solemne y ligero, fulgura en estas hiladas de piedra o ladrillo. Identificar el material carece de importancia: es pintura a secas, solo toques de témpera al huevo, receta heredada de Bizancio, de los manuscritos miniados, de los monjes eremitas que sobrevuelan invisibles estas superficies. Labrados con diligencia superlativa, esos muros condensan un sentido único, insólito en estos tiempos huérfanos, desprovistos de aspiraciones superiores, dominados por el ansia de la velocidad y la eficiencia productiva, premeditada, inevitablemente descartable.</p><p>Detengámonos brevemente en el título que agrupa las arquitecturas: “Arcas/Karakoram-Paisaje”. La tríada suscita un efecto encantatorio, abracadabresco, eufónico, simultáneamente referido a lo real-geológico (la cordillera llamada en turco Karakórum, que significa ‘pedregal negro’, equivalente al término Krishnagin, ‘montañas negras’, en sánscrito), a la historia bíblica (el arca del Diluvio o la de la Alianza del pueblo hebreo con Yaveh) y a una acepción fantástica del paisaje visto como suma y receptáculo de picos arquitectónicos. Los nombres asociados encierran una lógica propia. Enuncian en la clave personal de Peschiera la complejidad contenida en sus construcciones aparentemente simples. Nada gratuitamente, los acertijos verbales añaden capas de significado a la miríada de toques cromáticos superpuestos. </p><p>La pintura es la capa exterior, visible de las inquietudes que bullen en el artista. Su marcha hacia adentro acumula sucesos, revelaciones, descubrimientos, asimilaciones, sedimentos significativos. Intensa, apasionada, su vena reflexiva ha estado permanentemente signada por interrogantes que no esperan respuesta: solo buscan formularse con claridad, y entreabrir las rendijas de un misticismo perdurablemente arraigado. El caminante persiste en su empeño dilucidador, familiarizado con los logros espirituales de todo tiempo y proveniencia. Su vía avanza en compañía de escritores tan disímiles como su admirado Herman Melville y el simbolista metafísico René Guénon, hasta autores apenas conocidos por el gran público. Uno de estos últimos, Roger Munier —difusor francés de Heidegger, comentarista del místico quietista Angelus Silesius, traductor de haikus, a quien le “hubiera gustado conocer”—, ha redactado aforismos enigmáticos, como la cita que encabeza estos párrafos. Estos ejemplos ayudan a graficar las lecturas prolíficas del pintor, su vocación por sondear las profundidades, incursionar el territorio de lo secreto, del milagro de la conciencia y del asombro del vivir, y por habitar los recintos más recónditos y poéticos del pensamiento.</p><p>“Hay en lo que veo algo que no veo. Que hace la magia de eso que veo”. Ese “algo” es una zona gris, indeterminada, oscilante entre la mirada que penetra y la mente que se pregunta. Simultánea, paradójicamente, revela y oculta las insuficiencias de la razón para abordar el misterio de estar aquí, en este mundo fenoménico inagotablemente interpretable, resistente a tautologías tan conocidas y populares como la enunciada de Frank Stella: “Lo que ves es lo que ves”. Entre muchos otros, el gran pintor norteamericano Philip Guston coincide casi literalmente con Munier: “La pintura no está en una superficie sino en un plano imaginado. Se mueve en la mente. No está ahí físicamente, para nada. Es una ilusión, una pieza de magia. Por eso, lo que tú ves no es lo que ves”. Ambas aseveraciones nos remontan al dicho célebre de Leonardo da Vinci, para quien la pintura “è cosa mentale”.</p><p>El uso común y corriente del sentido de la vista experimenta interpelaciones particularmente complejas ante obras pictóricas como las de Peschiera, reacias a definirse por la razón. Al dilatar la manera convencional —el modo automático adoptado por el ojo para reconocer los objetos—, estas obras conducen persuasivamente al espectador al interior del plano. Los espacios pintados permanecen invariablemente bidimensionales, medibles, tangibles, pero desprendan calidades indefinibles, insólitas, inabordables por las palabras. Ante estas solo cabe ver y callar. Las artes visuales en general, y particularmente la pintura, franquean ingresos a cuadrantes poco explicitados —pero no por ello menos reales— de la sensibilidad. Expanden fronteras conocidas, desnudan insuficiencias verbales, recrean deslumbramientos preconscientes remontables al ritual paleolítico, al origen olvidado, sepultado por uno de los adversarios encubiertos de nuestro horizonte artístico: la manía explicatoria, supuestamente descifradora, que solo arruina el juego callado entre estímulos y respuestas. Vivimos saturados de imágenes, conceptos predigeridos por especialistas, repletos de falsos profetas que decretan de tanto en tanto la muerte de la pintura, del caballete, para quienes los óleos y sus disolventes son sinónimos de un pasado sin futuro. En verdad, poco han demostrado los avances tecnológicos más que ingenuidades: parodias aleatorias en 3D, sucedáneos hipnóticos para un público masivo crecientemente infantilizado, ignorante en toda la línea de los valores “desenchufados”.</p><p>El arte de Pedro Peschiera ha alcanzado un nivel de calidad incuestionable. Sus excelencias mantendrán una actualidad permanente, inmune al cambio y a las modas pasajeras. Es de esperar que estas pinturas se incorporen algún día —ojalá no muy lejano— a colecciones públicas y sus logros se difundan como música sanadora, alivio y antídoto contra el desánimo generalizado. Sus cuadros contrarrestan la chatura existencial que estraga todos los niveles sociales. Dignifican la vida, exaltándola. Refuerzan las defensas individuales en estos tiempos opacos, tan proclives a precipitar la indiferencia y opciones claudicantes como el refugio en las tan mentadas “zonas de confort”. Nada cae del cielo, parecen decirnos. Como las generaciones que levantaron las catedrales desafiando la ley de la gravedad, las opresiones y peligros acechantes, proclaman que el alma humana es capaz de acometer y realizar proezas aparentemente inalcanzables. Estas obras luminosas prosiguen los dictados aleccionadores de trasmisiones culturales ininterrumpidas, empecinadas en vivificar los sueños remotos de la especie, en no morir. La voluntad vital contrarresta el sinsentido. Puede llenarlo con valores estéticos y morales, enfrentar los terrores y las incertidumbres inherentes a nuestra condición. Una tarea insomne, constante, responsable, siempre al alcance de nuestras manos.</p><p style="text-align: right;">Ricardo Wiesse R.</p>								</div>
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		<title>Interview Jeremías Gamboa (2006) – Spanish</title>
		<link>https://pedropeschiera.com/interview-jeremias-gamboa-2006-spanish/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Jul 2006 19:22:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exhibition 2006]]></category>
		<category><![CDATA[Interview]]></category>
		<category><![CDATA[Spanish]]></category>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version entrevista por jeremías Gamboa 2006 EN EL TALLER DE PEDRO PESCHIERA Conversación con el artista a propósito de la muestra en [&#8230;]]]></description>
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					<h1 class="elementor-heading-title elementor-size-default">entrevista por jeremías Gamboa 2006
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">EN EL TALLER DE PEDRO PESCHIERA</h2>				</div>
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									<h3>Conversación con el artista a propósito de la muestra en la galería Lucía de la Puente</h3>								</div>
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									<p><strong>Jeremías Gamboa</strong>: Estaba pensando en las preguntas que se plantearían las personas que verán la muestra de Lucía de la Puente y creo que una de las primeras, a propósito del nivel de detalle de los trabajos, es cuánto tiempo le toma a un artista como tú presentar una exposición individual como ésta.</p><p><strong>Pedro Peschiera</strong>: Mira, el año 2000 hice mi última exposición en el Perú. He venido trabajando de manera sostenida durante los últimos seis años cada uno de estos cuadros, acuarelas y grabados; a pesar de ello voy a utilizar tres cuadros menos recientes para la muestra de Lucía, pinturas que han sido exhibidas en exposiciones anteriores en Suiza. Como ves, produzco lentamente.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Qué cambios, si te es posible señalarlos, observas entre esa última exposición en Lima, en el año 2000, y la muestra actual?</p><p><strong>PP</strong>: Sabes que mi obra se expande muy lentamente. Recuerdo que en la última muestra, en el espacio que antes tenía Lucía de la Puente, mostré dos campanas en dibujo y una en pintura. Esta pintura fue el inicio de una serie —la de las Campanas— que reitero en esta exposición. Fue el primer prototipo de esta familia. Después vino este cuadro que vemos aquí, “Campana II”. No he hecho más campanas ciertamente, pero no he dejado el motivo del todo porque he estado trabajando más bien en campanas invertidas, que son esta serie de cuencos que ahora aparecen también en esta muestra última. Me gusta eso, que esta campana esté en la muestra y que al lado también haya cuencos; siento que hay ahí una noción de significado, de vacíos que se corresponden, de relaciones entre motivos y objetos. Me importa mucho eso.</p><p><strong>JG</strong>: Esa relación íntima entre motivos, esa serie de recurrencias, se pueden leer como características de un trabajo adscrito a un particular modo de construcción que descarta lo circunstancial en la ejecución. Por ejemplo, no pones fecha a tus obras.</p><p><strong>PP</strong>: Me interesa poder decir de mis cuadros “eso lo hice antes” o “eso es de hace una década”, pero prefiero que, más allá de lo que señalo yo, para cualquier espectador sea complicado definirlo. Nunca digo el año exacto de mis obras.</p><p><strong>JG</strong>: Quizás eso ayuda a la idea de un trabajo que se percibe como aparecido de súbito, de un segundo a otro, o cuya aparición es remota e inhallable. Hay en ello un sentido de abolición de estilo o de la noción de estilo en tu obra, en tanto que no existe la idea de un lenguaje o vocabulario que progresa de un lugar a otro trazando un recorrido lineal de cambios.</p><p><strong>PP</strong>: Me encanta eso. Si bien creo que todo el mundo evoluciona —y alguna gente radicalmente—, en mi caso siento que ese desarrollo se da de modo distinto, como una lentísima expansión. Desde que decidí hacer lo que hago, no es que pensara que nunca iba a cambiar, pero aquello de la gran avenida que va del punto A al B no se dio para mí. Por ejemplo, mis Mantos. Desde que los empecé un poco antes del año 92 en Ginebra sabía que, como motivos, al igual que las Barcas, iban a regresar siempre a mi trabajo; que yo, después de un lapso de 25 años podría retomarlos y no por ello parecer que me estoy repitiendo. Así fue que empecé a hacer familias de pinturas, de Mantos, de Mesas, de Pozos, o de Concas, familias nuevas que no se cancelan entre sí, como las de las barcas, las campanas, los hoyos o los cuencos: en mi trabajo todo puede seguir indefinidamente. Siento que nada en mí está abolido o negado. Siento que puedo ampliar mi camino, pero intento no tachar o “superar” etapas, quiero tener todas mis cartas válidas y volver a retomar cosas para aportarles nuevas resonancias.</p><p><strong>JG</strong>: Ese crecimiento de una obra que erosiona el concepto de un desarrollo que supone un cambio y que a la vez parece dado como por generación espontánea refuerza la idea de un arte anónimo, como si se pretendiera un objeto ya dado: la ilusión es que no está Pedro Peschiera ahí.</p><p><strong>PP</strong>: Eso precisamente tiene “the thing shines, not the maker”, una frase que es de un anónimo japonés y que tomé de un catálogo del escultor Martin Puryear y que ahora voy a utilizar en la exposición de Lucía de la Puente, como una referencia o una indicación, una frase simple en la pared.</p><p><strong>JG</strong>: Como un epígrafe de la muestra.</p><p><strong>PP</strong>: Y que puede resultar pretencioso, pero que me parece útil. Sí, hay una voluntad, aunque no clara, de autonomía. Me gustaría que se vea verdaderamente la pintura; ojo, no “LA” pintura, porque no creo que la mía lo sea, pero sí la pintura que yo hago.</p><p><strong>JG</strong>: Sería muy interesante saber cómo esa pintura con motivos recurrentes, que parece no moverse ni parpadear, empezó a ser lo que vemos ahora; al verla uno siente que siempre fue así, o al menos recibe esa impresión. ¿Desde cuándo tuvo estas características?</p><p><strong>PP</strong>: Desde mi primera exposición. Siempre así.</p><p><strong>JG</strong>: Además has expuesto pocas muestras individuales. ¿Cuándo fue la primera?</p><p><strong>PP</strong>: Yo decidí que la obra era mostrable o que podía arriesgarse a ser expuesta cuando tenía cerca de 39 años.</p><p><strong>JG</strong>: Y has venido pintando desde los…</p><p><strong>PP</strong>: Desde que tenía 16, 17 años.</p><p><strong>JG</strong>: Cerca de 22, 23 años madurando una pintura hasta llegar a convencerte a ti mismo de que tenías entre manos una propuesta cabal.</p><p><strong>PP</strong>: Me parecía que lo que hacía antes no tenía la suficiente fuerza o el peso para que lo pictórico se sustentara por sí mismo. También sentía que era importante que yo estuviese lo suficientemente maduro como para entenderla. Creo que, entre otras cosas, hice la universidad precisamente para eso, para ser lo menos subalterno posible ante cualquier discurso crítico que se me imponga; quería evitar de alguna manera que un portavoz monopolice mi obra o me desprovea totalmente de lo que yo hago. Quería razonar mi obra en términos creativos, pero también <em>a posteriori </em>y poder argüir, proponer y discutir sobre cosas que dijeran de ella. Quería una formación para poseer por lo menos el vocabulario, y si bien no hablar al nivel de un crítico, entender al menos lo que se está diciendo y no estar perdido y desprovisto en medio de un discurso de especialistas.</p><h3><strong>Años de formación</strong></h3><p><strong>JG</strong>: Eso que acabas de decir me da pie a preguntarte sobre tu formación. Hiciste Artes en la Universidad Católica.</p><p><strong>PP</strong>: En la época en que era una escuela, sí; de los seis años hice dos. Al segundo me fui. Siempre me quise ir del Perú. Hice estudios durante muy poco tiempo en la Escuela de Bellas Artes de París y luego me fui a la Escuela Superior de Arte Visual de Ginebra, que tenía una buena reputación en la época. Era muy abierta y sumamente exigente. Ahí estuve cinco años. Después de eso empalmé con el estudio de Humanidades en la Universidad de Ginebra.</p><p><strong>JG</strong>: Estudiaste literatura inglesa ahí, ¿verdad?</p><p><strong>PP</strong>: Había que escoger tres ramas en Humanidades. A mí me exoneraron de la tercera rama porque ya había hecho Bellas Artes. Mi principal área fue historia del arte, para mí lo fundamental. Hice egiptología un tiempo y sólo estudiaba hierático y demótico, una cosa endiablada, que pasé a duras penas en un año. La abandoné y cambié esa rama por literatura inglesa, el inglés era prácticamente mi segunda lengua debido al colegio en que estudié en Lima. Durante esos años en ningún momento dejé de pintar. Ahora tengo claro que la literatura me abrió una serie de posibilidades e intereses nuevos.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Qué te dio esa formación?</p><p><strong>PP</strong>: Expandió notablemente mi conocimiento y mi capacidad de análisis de una cantidad de obras importantísimas de épocas distintas. Me hizo crecer. Creo que en ese momento ya tenía una relación con la pintura muy fuerte, pero quería reflexionar en términos contemporáneos sobre lo que estaba haciendo y por ello me eran importantes los estudios. Para mí, la historia del arte casi llegó a volverse un fin en sí mismo.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Qué emoción te habías llevado a Europa antes de esa experiencia? ¿Qué informaciones?</p><p><strong>PP</strong>: Antes de irme del país Tilsa Tsuchiya era para mí el principio y el fin. Ella me había hecho descubrir la veladura en pintura y me dio muchos de los primeros grandes referentes cuando yo estaba en Europa, en esas primeras temporadas: venía a Lima casi todos los años y le presentaba a ella una suerte de reporte de todo lo que había visto. Sin duda había algo en mí que correspondía a esa manera suya de hacer, al cuadro haciéndose solo, como por su propia necesidad interna, creciendo, una voluntad plástica que no reside en el gesto magistral, sino en el tratamiento general del cuadro, en ello solamente: esas capas de pintura que van haciendo emerger las cosas, como si la pintura apareciera sola, se conformara por sí misma. Hay un trato exquisito de la superficie. Rara vez o nunca me resulta dulzona. Me encantaba ese poder, esa libertad, esa magia.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Qué obras empiezas a ver y reportar a Tilsa?</p><p><strong>PP</strong>: Las catedrales góticas y los italianos de los que hablaba Stendhal. Me encantaron las cosas de Uccello, de Piero della Francesca, aunque las de éste último no de una forma súbita, sino poco a poco, como madurando y entrando lentamente en su extraordinario universo. Me encantaba la pintura gótica tardía, las cosas de los hermanos Lorenzetti , Duccio di Buoninsegna, Simone Martini, Lorenzo Monaco, Sassetta, pero después había Fra Angelico… en fin, esto era algo para mí aún demasiado desordenado, no asimilado. Eran detalles visuales que no sabía traducir en ese momento, no sabía cómo tocarles la vestimenta a esos pintores, no sabía cómo insertarme en su trabajo.</p><p><strong>JG</strong>: El acercamiento a la pintura religiosa de estos artistas en algún momento se convierte en una ética de trabajo artístico también. Recuerdo que en otra ocasión me hablaste de la influencia que tuvo Tilsa en esta visión de las cosas. ¿Cómo se dio esto?</p><p><strong>PP</strong>: Fue una influencia definitiva. Ella era muy espiritual, medio gnóstica. Recuerdo que me dio una bibliografía, una lista de libros que eran importantes para ella y que pensó que lo serían para mí. Estaban René Guénon, Frithjof Schuon, Titus Burckhardt, Kazuzo Okakura, Ananda Coomaraswami, etc., toda gente esotérica pero de lectura muy clara. Estos autores profesaban un total rechazo al mundo moderno, libros que ahora me parecen peligrosos por un lado y de lo más iluminadores por otro. Postulaban una unidad trascendente de las religiones, una noción de divinidad más allá de toda denominación, como en el hinduismo la noción de lo no-manifiesto, el lado oculto de Brahma, que tiene sus brazos que son Shiva y Vishnu. Para estos autores todas las religiones son como brazos operativos de esa idea de la divinidad. Lo verdaderamente divino es no-manifiesto y está más allá de la voluntad, del acto y aún más allá de la esencia, más allá del ser, está como en un NO-SER puramente cualitativo de plenitud, de posibilidad infinita. Un enorme <em>Deus Absconditus</em>.</p><p>Eso me apasionó, la concepción algo gnóstica de Meister Eckhart fue importante para mí: la deidad (Godhead-Déité) no opera ni tiene identidad particular: está más allá del acto o de la voluntad. Lo que me queda de eso, ahora que lo veo, es la noción clara de la contingencia al lado de la trascendencia más pura, absoluta, cosa que en la época me atraía tanto. Leí a muchos místicos por esos días. El cristianismo, del cual yo formaba parte, había tenido, según Guénon, ese lado iniciático en sus primeros años, pero ahora lo había perdido totalmente. Habría permanecido una cadena oculta, esotérica dentro de él durante siglos, pero al final resulta que se optó definitivamente por el exoterismo, que es el aspecto más exterior, el del catecismo, la moral y la dogmática, y no del esoterismo, que es gnóstico (conocimiento del orden de la intuición primordial), concierne a la vía iniciática y trata de lo que Guénon llamaba, en general, la metafísica.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cómo encajaste ese aluvión de estímulos en tu práctica cristiana?</p><p><strong>PP</strong>: Nunca quise abandonar mi credo ni convertirme a nada, quería explotar mi vida cristiana en lo que tenía de explotable. Leí mucho los escritos de místicos como Bernardo de Claraval, Escoto Erígena, Dionisio el Seudo Areopagita y luego a Juan de la Cruz y a Teresa de Ávila, todos ellos exotéricos, ciertamente, pero exotéricos que llegaron bastante lejos. Si bien no al nivel del “hombre trascendente” (el término es de Guénon), que es casi como una gota en el océano de la divinidad porque el individuo pierde su identidad y se funde en la entidad suprema, sí al de “hombre verdadero” (adánico), que permite una unión afectiva (<em>bahkti</em>), fuerte y real, con lo divino. En ese estado no se llega a ser uno con Dios, sino que siempre hay dos: el adorador y el Adorado.</p><p><strong>JG</strong>: Optar por esta alteridad frente a lo otro era una manera de asegurar el oficio plástico; ser parte de la divinidad como el “hombre trascendente” suponía dejar de pintar.</p><p><strong>PP</strong>: Exactamente. En verdad, en esa época para mí poco o nada tenía sentido y en todo esto encontraba una promesa de sentido: a estas alturas ya no me interesa tanto llegar a conocer el sentido, pero sí el ir tras él, siempre un tender hacia.</p><p><strong>JG</strong>: Pasaste un tiempo pintando con fe cristiana.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, pintaba con fe, con total devoción. En ese momento, intelectualmente te hubiese dicho que era la fe o la devoción la que contaba en la pintura, pero en el fondo yo me deleitaba en la sensualidad del acto de pintar.</p><p><strong>JG</strong>: En la tradición del arte religioso encontraste las fuentes de tu vocabulario y de tu obra futura.</p><p><strong>PP</strong>: Empecé a sentirme atraído por las órdenes monásticas. La teología mística cristiana me entusiasmaba y entonces leí mucho a los padres de la iglesia, las herejías, Plotino, Orígenes, Clemente de Alejandría. Las órdenes monásticas contemplativas eran mis predilectas, los Benedictinos y los Cistercienses, pero no tanto los mendicantes ni las órdenes conventuales, que son más tardías; me encantaba lo anterior, la fe de los siglos XI y XII, los cartujos, los benedictinos, los cistercienses. Todo esto me fascinaba y el arte de esas órdenes que es el canto gregoriano, los manuscritos que empiezan a ser ilustrados, pero sobre todo la arquitectura y la escultura que son el arte románico por excelencia.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cuál de esas manifestaciones artísticas te atrajo más?</p><p><strong>PP</strong>: La de los cistercienses, sin duda. Es una arquitectura románica —que por su utilización del arco ojival se acerca al nacimiento del gótico— que a mí particularmente me cautivó. Hay iglesias monásticas estupendas, muchas de ellas de la orden cisterciense, que es la que tiene los templos de diseño más limpio y depurado, casi no tenían esculturas ni vitrales de color.</p><p><strong>JG</strong>: Los primeros cuadros que pintas y exhibes son esos cuadros de espacios abiertos, edificios que son templos presentados en perspectivas distintas y con claras reminiscencias románicas…</p><p><strong>PP</strong>: No, ésos no los he mostrado, te los mostré a ti para que supieras de dónde viene lo que ahora pinto. Los mostré también en la escuela porque con algunos de ellos me gradué en Bellas Artes. Sólo mostré tres en una remota muestra colectiva en el 83 en Ginebra, pero creo que a estas alturas eso no cuenta. Ya en el 92, en mi primera muestra, hay en mi trabajo una serie de Mantos, o de acercamientos arquitectónicos que todavía no son Mantos, pero tampoco esos espacios abiertos. De hecho, para mí eran como cofres de color y garantía de presencia, de calidad, papel que siempre han jugado los templos.</p><p><strong>JG</strong>: Eso es lo que precisamente me interesa. Hablamos en un momento de que esas pinturas de iglesias son una especie de visión general de lo que son tus pinturas actuales, como si muchas de las actuales fuesen <em>close-ups </em>de aquellas pinturas.</p><p><strong>PP</strong>: Acercamientos cuyo punto medio es ese cuadro con tres elementos superpuestos en perspectiva del que hablamos en la muestra de 1998 en la sala Luis Miró Quesada, en Miraflores. Tú me dijiste entonces que a tu parecer todos los otros provenían de ése.</p><p><strong>JG</strong>: De una traducción de arquitectura en pintura. Y entonces eso nos da pie a hablar de tu relación con las construcciones medievales. Tu pintura, tal como la vemos ahora, parece arrancar de ahí.</p><p><strong>PP</strong>: De esa fuerte emoción que tuve ante la arquitectura románica, sí. En un momento hice mía esa dimensión o ilusión monumental, pero no sabía cómo traducirla a la tela. No sabía bien qué pintar, qué modelo usar. Me interesaba y me sigue interesando el realismo, pero nunca tuve vocación de pintor realista y tampoco de abstracto. He sido abstracto en el sentido de pensar en abstraer de la realidad elementos, pero no abstracto como opuesto a figurativo. La verdad es que no sabía bien cómo tomar la herencia del Renacimiento y del Medioevo que tanto me fascinaban y traerla al presente de manera pertinente. Antes de pintar esas arquitecturas distantes pintaba paisajes simbolistas y también figuras humanas en situaciones más o menos narrativas, un trabajo que no me correspondía.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Y qué pasó después?</p><p><strong>PP</strong>: Abandoné esa figuración, la abandoné porque ése no era mi camino.</p><p><strong>JG</strong>: Y entonces te encontraste con la arquitectura.</p><p><strong>PP</strong>: Fui a Italia y allí la pintura me fascinó tanto como la arquitectura medieval. Pero creo que el gran descubrimiento se dio en Francia. Cuando descubrí el campo francés, sus iglesias y catedrales románicas y góticas, sus capillas, sus abadías. Como sabes, yo había estado muy interesado por la forma de vida en estos lugares. Esa vida de orar y laborar, de fuera del mundo, camino a la trascendencia, y el descubrimiento de bibliotecas tan antiguas. Me imaginaba el tipo de vida de ese siglo XII, la oración, el campo, la adoración. Mi vocación cristiana era moderna, pero todo esto me anclaba en mi fe y me estimulaba. Esta arquitectura me impactó por la fuerte sensación de permanencia, de eternidad que me producía, por la simplicidad, lo majestuoso, lo utilitario y lo absolutamente urgente y sin concesiones de ese arte. Y la idea de que todo eso era hecho alrededor y para albergar algo tan frágil como la hostia. Todo hecho antes que nada para la oración y la adoración.</p><p>Lo vi como ese gran contenedor que ordenaba la sociedad, amarrando todo a esa estructura, a esa arquitectura: libros, manuscritos, todo contenido en ese templo que era como un arca, una resistencia al caos, un cofre de la cultura, de trascendencia, un principio de orden, una aproximación al sentido último y a la suprema calidad. Al mismo tiempo admiraba su relación con la naturaleza: la vida tan increíblemente dura de esa lejanísima época. La cuestión de la oración, de la contemplación, la escritura y copia de textos y el trabajo de agricultura parecían primar sobre los aspectos de evangelización o de proselitismo, aunque por supuesto que allí también estaban latentes, no aparecían de manera evidente. Cosa que yo apreciaba. A mí me generó la fuerte impresión de un mundo ordenándose, en el cual no se daba la complejidad de la contingencia como casarse, reproducirse, educar, hacer plata, tener éxito, etc. Esto definitivamente era otra cosa: la abadía estaba ahí, paralela al mundo fuera del ciclo de vida ordinaria; creo que la abadía era de algún modo la muerte del mundo, no por nada una de ellas se llamaba Morimond.</p><p><strong>JG</strong>: La sensación que te brindaba estar en estos sitios era la de vivir una atemporalidad, un “<em>nowhere land</em>”, era como suspenderte del mundo.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, un lugar por excelencia, pero un lugar en el que se busca una armonía, en que se vive para lograrla, pero la atención está puesta en el otro mundo, en la eternidad.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Tuviste alguna relación vital con esos lugares?</p><p><strong>PP</strong>: Fui a retiros en ellos, pero nunca viví adentro el tiempo suficiente como para darme cuenta de las posibles fisuras de esa armonía. Podía operar con los monjes de los monasterios en algunas actividades, pero no mucho más. En lo que me concierne, eran gente excelente.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cuándo es que se produce el clic entre esas experiencias y tu obra. ¿Lo recuerdas con claridad?</p><p><strong>PP</strong>: Fue cuando vi el monasterio de Fontenay, un complejo cisterciense en Borgoña, Francia, una construcción sublime, no habitada por monjes en la actualidad, construida por San Bernardo, el gran místico que marcó gran parte de la Edad Media y que consagró definitivamente el culto a María. Él mismo había diseñado y fundado el monasterio y entonces yo leía sus trabajos con verdadera devoción. A mí me causó un impacto poderoso. Para entonces yo estaba pintando paisajes y mi profesor de esa época, que era un gran maestro, intuía que estaba en crisis desde hacía un tiempo. Yo le había dicho ya que quería pintar con todas mis fuerzas, quería pintar algo que valiera la pena, pero no sabía qué ni cómo. Incluso hoy no puedo pintar la pintura sola: necesito motivos; en mi caso, lo de la pintura sola no resulta. En aquellos días no sabía cuáles serían esos motivos. El profesor ya me había dicho al ver mis cuadros: “Parece que a usted no le provoca pintar estas cosas, señor Peschiera”. Le confesé que me provocaba pintar la abadía de Fontenay y él me dijo que simplemente la pintara. Al principio me pareció absurdo. ¿Qué interés podía tener? Para mí era pintar algo que ya era en sí una obra de arte. En un momento me animé a decirle que quería pintar algo de ahí, pero no sabía cómo empezar. Él se ofreció a ayudarme, me enseñó y empezó a trazar conmigo una sección áurea, la regla de oro; me enseñó luego a hacer rectángulos concatenados, áureos, y yo hacía a su lado estas cosas de la manera más obediente posible.</p><p><strong>JP</strong>: De esta época data el inicio de tu asunto técnico.</p><p><strong>PP</strong>: La adopción de la problemática icónica va emparejada con lo técnico, sin duda. Yo he hecho mía la receta más simple porque le ha dado este aspecto mate que a mí me interesa para mi trabajo. Ya hace tiempo dejé la madera como soporte y he pasado a la tela, pero mantengo la técnica de la témpera al huevo con pigmentos. En la Escuela de Artes tuve a monsieur Bouchardy, experto en técnicas antiguas, de modo que hice aprendizajes secundarios en un taller de apoyo, distinto del taller principal. Eran algo así como créditos menores; ahí aprendí a pintar al fresco, con pan de oro, con jugo de ajo, aprendí varios tipos de témperas, más o menos magras, más o menos grasas. A mí me encantaba eso; sin duda iba con mi visión monástica. A veces me decían que yo pintaba detenido en el tiempo. Y así era.</p><h3><strong>El lenguaje propio</strong></h3><p><strong>JG</strong>: Por lo que cuentas, desde ese momento tu pintura se inscribe en la problemática de traducción de esa arquitectura que te impactó como soporte de la pintura. En ella, de algún modo, se reproduce la lucha de los pintores que preparan el advenimiento del Renacimiento. ¿En ese tránsito hubo para ti el apoyo de pintores como Masaccio, que tiene estructuras arquitectónicas en sus obras?</p><p><strong>PP</strong>: En ese momento no, me doy cuenta <em>a posteriori </em>de que sí, pero en ese momento debe haber sido inconsciente. Sin duda con Masaccio hubo esa conexión, pero sobre todo la hubo con Piero della Francesca y con Giotto. Me he dado cuenta después de que mis mantos se parecen a algunos de sus interiores, pero claro, en mi caso se trata de exteriores.</p><p><strong>JG</strong>: Además, es el primero que hace esa traducción del espacio en lo bidimensional en toda la historia del arte, ¿no?</p><p><strong>PP</strong>: Sin duda, pero en ese momento no me daba cuenta de ello. Además, yo había visto el Giotto joven, el Giotto de Asís, un Giotto maravilloso, pero no el que al final me interesó aún más, que es el Giotto más maduro, el de Padua. Vi a ese Giotto maduro cuando ya estaba haciendo los Mantos.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Ese proceso de edificación de tu mundo de formas, entonces, no lo recuerdas asociado a un artista en especial?</p><p><strong>PP</strong>: No abiertamente. Quizás con las composiciones hieráticas tan magistralmente resueltas de Seurat y también con De Chirico. Éste último es de los pocos pintores modernos con los cuales sentía en ese momento algún nexo más profundo. Había ciertas pinturas medievales, además, que pudieron ser importantes para mí en ese proceso y unas representaciones en relieve en mármol de ciudades amuralladas. Se trata de paisajes que son ciudades y que me gustaban mucho. También las imágenes de obispos que portan en las manos una catedral. La catedral como un relicario, para mí, fue un motivo importantísimo.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Las ciudades ideales, las de Urbino, no estuvieron ahí?</p><p><strong>PP</strong>: Las vi luego de resolver mi problema. Al verlas en verdad reconozco que me entró una cierta angustia. En ese momento yo creía torpemente que mis cosas eran hasta cierto punto inéditas. Ver, por ejemplo, las ciudades ideales del Bramantino fue como confirmar esas inquietudes. En ese momento en mi pintura las referencias que tenía claras y en las que pensaba eran De Chirico y un pequeño relieve medieval que era una arquitectura hasta cierto punto ficcional, muy pequeña, parte de un altar. Sin embargo, intenté no basarme en ellas. Cuando vi las ciudades ideales resolví la ansiedad diciéndome que la razón de ser de ellas no se inscribía en lo mío. Aquéllos fueron ejercicios de perspectiva, aventuras en busca de conquistas claras para el establecimiento de formas adecuadas de representación, ciudades que son proyecciones de un espíritu humanista como Alberti, el resultado de un proceso que está ubicado entre el arte y la ciencia. Eso no era en absoluto la razón por la cual yo hacía mis arquitecturas, aun cuando los resultados no resultaran tan opuestos. En mis cuadros había una arquitectura central también, pero no buscaba esa puesta en escena tan rigurosa con un solo punto de fuga; yo la rompía. Pienso ahora que me interesaba romper la arquitectura renacentista para hacer algo hasta cierto punto más libre, más medieval, porque me parecía que el Medioevo compartía muchos aspectos con lo contemporáneo: el desinterés por la mímesis heredada del arte greco-romano y por ende por la representación del tipo renacentista, la ilusión moderna con lo que estimaba “primitivo”, lo masivo, lo limitado de la ornamentación, lo depurado, etc.</p><p><strong>JG</strong>: Pareciera haber habido en tu proceso un nacimiento artístico atento a lo renacentista, que con el tiempo vira hacia fuentes éticas o espirituales del arte medieval.</p><p><strong>PP</strong>: Ahora que lo dices, sí, creo que por pureza, y por potencia, por fuerza de formas. Formas más simples, tal vez. Hay una voluntad de contradecir la perspectiva de Alberti, de hacer perspectiva aboliéndola, que de algún modo esté no estando.</p><p><strong>JG</strong>: Entiendo que conciliar esos dos grandes momentos históricos al interior de una obra contemporánea ha sido uno de los problemas de tu obra. En un momento recuerdo que esa dualidad se encarna en un escrito tuyo, de corte académico, sobre las obras de Giovanni Bellini y de Andrei Rublev.</p><p><strong>PP</strong>: Ambos representaron la Transfiguración de Cristo. Rublev hizo la suya un poco antes que Bellini, pero en una Rusia sumida totalmente en el Medioevo más oscuro, y hay ahí una diferencia que a mí me resultó importantísima. Porque el mundo de Rublev es un mundo de teología, de abstractos totales, y por más humana que se vea su imagen no es humanista; la de Bellini, en cambio, lo es totalmente. Yo me encontraba entre ambas representaciones como ante una encrucijada; por un lado Bellini, que a nivel de su imitación de la realidad, como de su riqueza cromática y formal me ha resultado siempre irresistible, y por otro lado Rublev, que me atraía tremendamente por la espiritualidad y la elegancia de sus formas. Mi drama, ahora lo veo, era poder pasar del mundo de Bellini al de Rublev mediante un querer voluntario.</p><p><strong>JG</strong>: En esa paridad, lo que has hecho es rescatar ese lado pictórico de Bellini hacia una ética y una contención formal de Rublev.</p><p><strong>PP</strong>: Ojalá tengas razón. Te diré que esto se ha efectuado paulatinamente y sin que me percate de cómo el cambio o la nueva síntesis se dio. Claro que a nivel de ideas o creencias estoy ahora un poco lejos de pensar lo que pensaba y creía en esa época. El mundo teológico de Rublev me fascina actualmente sólo por su muy alta poesía. En esa época, sin embargo, no había distancias: no era agnóstico; era creyente. Ahora estoy sumido en la búsqueda del sentido, pero me complazco en no encontrarlo, en nunca encontrar una respuesta. Es otra manera de ver las cosas, lo que cuenta para mí es el tender hacia, no la respuesta.</p><p><strong>JG</strong>: Una excelente esperanza para seguir fatigando la superficie de la tela y cargarla de color.</p><p><strong>PP</strong>: Así es. Hace ya años que admiro y me inspira muchísimo la pintura de los grandes venecianos Bellini, Giorgione y Tiziano.</p><p><strong>JG</strong>: Esa filiación del arte veneciano es la que contradice los presupuestos de la espiritualidad mística de la cual, a cierto nivel, hablan tus cuadros.</p><p><strong>PP</strong>: Totalmente. Y todo empieza con Bellini. En ellos mismos se da ese proceso del que hablas. Bellini es un artista devotamente creyente que encuentra una manera de anclar en tierra su fe con ese color suyo (y con ese naturalismo suyo mucho antes del naturalismo propiamente dicho), maravilloso; su pintura es muy terrestre y espiritual a la vez, pero hay una impronta ya inoculada que no es del todo religiosa, y si bien hay una espiritualidad profunda en su obra, no llega a ser la espiritualidad humana pero descarnada y absoluta de Rublev. No es la saeta. La última época de Bellini ya es de esa cosa suntuosa, divina en tanto logro humano, y la mímesis es perfecta. En Giorgione eso se acrecienta y en el Tiziano aún más. Siento fascinación por los tres. A pesar de mi realidad y de mis cuestiones abstractas, quisiera que todo esté muy anclado en los sentidos porque me gustaría hablar a, y con los sentidos. Ésa es mi intención. Creo que mis motivos son esqueletos para otra cosa, para una relación sensorial y sensual, ambas, con la tela. El contenido es también la pintura misma.</p><p><strong>JG</strong>: Al escucharte hablar ahora y asumir que tu obra es un acercamiento a las arquitecturas hasta volverlas superficie veo que hay un momento en que tú defines una estrategia pictórica que tienes clara —la idea de un muro que sugiere un enorme vacío detrás o una promesa “del otro lado”—, pero también hay un deseo impulsivo de pegarte simplemente a la superficie de la pintura misma, a su superficie.</p><p><strong>PP</strong>: Se dan ambas cosas. Hay una “estrategia pictórica”, sin duda, pero ahora es más grande el deseo de pegarme a la tela, el deseo de que la pintura se vuelva bidimensional, pero sin abandonar un cierto espacio ilusionista. Que de lejos revele la ilusión de la tridimensionalidad, pero que de cerca, en los planos pictóricos, salte la gama y la escritura pictórica y que la pintura suceda allí, amarrada a la superficie. Eso me interesaba primero por una preocupación de modernidad y luego por un especial interés por el color en sí, ya no sólo como representación o como mímesis.</p><p><strong>JG</strong>: Por la manera en que muchas veces hablas de ciertos cuadros de maestros que te han cautivado veo que estar pegado a la superficie, a punto de no mirar el cuadro en su totalidad, es una manera muy tuya de ver pintura, un acercamiento a meras áreas de color.</p><p><strong>PP</strong>: Totalmente, veo la pintura de esa manera, cierto. Por zonas.</p><p><strong>JG</strong>: A ese nivel de tratamiento de la superficie de pintura ¿qué pintores están cerca de ti? Ahora que veo este cuadro “Arcas-Karacoram II” pienso en un artista como Simone Martini.</p><p><strong>PP</strong>: Puede ser, fíjate que no he pensado en él necesariamente. Pero viéndolo bien, ojalá, sí, veo lo que quieres decir. Siento que muchos de los pintores que me interesan operan sobre mí de manera inconsciente; siempre pienso en Tiziano, en Giorgione, en Bellini. Aunque en apariencia tienen mucho menos que ver con mi trabajo que Simone Martini. Pero yo me imagino que los asimilo y que me influencian, ojalá así sea ¿no? No te puedo decir más, ni de qué modo, ni bajo qué características, pero yo lo siento así. Mi factura se ha aireado un poco, la siento algo más libre. De Bellini creo que es su preocupación por el color, que cada vez se hace más evidente en mi trabajo. Mira, hay un momento en que estoy como instalado en el gran plano de color cuando pinto, y ahí me interesa explorar la veladura en el color mismo, las complejidades de las capas de color y la relación de éstos en la tela. Me interesa darle una forma al color sin que éste pierda su fuerza ni su atmósfera. Ahora que lo pienso, una presencia fuerte en mí es Bonnard. Él tiene cuadros hechos con manchas, no con pinceladas como Monet o como Van Gogh; en Bonnard hay una manera de manchar, de frotar el color, solamente de colocarlo, sin una dirección determinada; el color está puesto, pero no tiene pincelada, está puesto, pero el gesto es reducido, la mano no dibuja la forma con el pincel; no hay escritura ordenada en ese sentido, hay una trama que es como tachista antes del tachismo. Eso me hizo perderle miedo a las superficies; desde ahí he manchado las cosas sin necesariamente representarlas. En mi trabajo hay tanto toque de mano que la mano desaparece, se vuelve anónima.</p><p><strong>JG</strong>: Pintas a la misma distancia en que miras los cuadros?</p><p><strong>PP</strong>: Sí. Hay un momento en que lidio sólo con el color porque lo demás ya está representado de antemano, tanto por el dibujo como por la disposición del objeto en el espacio; entonces no me preocupo mucho cuando ya tengo el contenedor: todo ya está contenido, en su sitio. En este aspecto la resolución, la factura, lo veo ahora, está más cerca de cierta pintura de planos atmosféricos de Rothko o ciertos fondos de retratos de Tiziano.</p><p><strong>JG</strong>: Has mencionado a Rothko. Justo hemos llegado a decir que tu pintura se resuelve de algún modo en el trato del color que alberga la promesa de éste como receptáculo de una verdad inmanente o trascendente.</p><p><strong>PP</strong>: Ahora que lo dices, sí. Prefiero el aspecto inmanente, ya que el aspecto trascendente me es desconocido.</p><p><strong>JG</strong>: Pienso que, además, él lidia con dos colores en suspensión que entran a formar un universo o, si se quiere, dos universos en contacto. Tu trabajo está en buena parte caracterizado por esa disposición de dos colores predominantes; en Rothko hay una aspiración al advenimiento de una presencia real.</p><p><strong>PP</strong>: En Rothko hay eso, sin duda, hay cuadros suyos que me encantan y, además, descubro después que él menciona a Bonnard como una de sus influencias para tratar el color, un color sin pincelada. La otra presencia es Matisse. Ahora que tengo este gran plano de color (“Arcas-Karacoram II”) que se muestra al espectador en tres dimensiones, pero que se liquida en el primer plano y en la superficie, pienso en él.</p><p><strong>JG</strong>: Me interesa, a propósito, entrar a discutir ese rasgo tan característico de tu pintura que es la disposición de un objeto único, protagónico, cuya presencia es sostenida por la técnica. Ese acercamiento de los objetos como cosas masivas que parecen ahogar el espacio del cuadro viene de la necesidad de pintarlos “de cerca”, pero a la vez de reponer un sentido de unidad. En otra oportunidad me dijiste que la filosofía oriental es la que te lleva a eso. Pienso si no hay una herencia de la concepción religiosa de lo único.</p><p><strong>PP</strong>: Siempre pensé mis cosas como símbolos, pero nunca como símbolos motivados. Hay sin duda algunos préstamos de la arquitectura eclesial, acaso la cuestión sacra y monumental sí, por su aspecto de verticalidad y de receptáculo de una trascendencia o encarnación de algo que es de fuera. Eso sí, no lo niego, pero nunca he sido de cruces o de simbología religiosa definida. Mis cuadros en un inicio, tal como hablamos, parecían templos, iglesias medievales si quieres, pero cualquier simbología que fuera religiosa —una cruz o algo así— me desinteresaba: no había signos determinados. Por ejemplo, nunca he tenido la intención de pintar un cáliz tal cual, quizás un receptáculo, pero no un cáliz. Ahora, pintar otra cosa y ponerle el nombre cáliz es distinto, eso sí me podría interesar.</p><p><strong>JG</strong>: En lugar de eso usas vasijas que llamas<span style="color: #fafaff;"> Cuencos; me das pie a preguntarte si tu pintura no busca la resemantización de objetos altamente cargados de significado a nivel cultural e histórico.</span></p><p><span style="color: #fafaff;"> </span></p><p><strong>PP</strong>: No voluntariamente, pero puede ser.</p><p><strong>JG</strong>: Podría tratarse de objetos cuyo sentido ha sido descentrado.</p><p><strong>PP</strong>: En ese sentido quiero volverlos laicos y también el fenómeno inverso, darle una dimensión sacra a lo que aparentemente no lo es. Ahora bien, yo no tengo ningún inconveniente con la problemática que el ateo, el agnóstico o el místico haga de mi trabajo. La cuestión es la misma siempre y es válida para todos los acercamientos: estos objetos tienen algo que los habita y que no está limitado a una sola creencia o credo porque ya no tengo esa creencia. Soy un pintor que se cuestiona y trabajo con un cierto instrumental, con una iconografía. Aquí, en esta pintura (un tazón blanco), lo que parece tan banal se llama Vientre. Es un tazón y es un vientre y hasta podría ser una matriz. Sí, tienes razón. De algún modo siento que hay una desemantización de lo religioso y acaso una resemantización. Como una voluntad de despertar ciertas connotaciones de los objetos entre ellos y también entre objetos y nociones que seguro siempre existieron, pero que no las percibimos tan bien.</p><h3><strong>Proceso creativo</strong></h3><p><strong>JG</strong>: Intuyo, por lo que hemos hablado en esta entrevista, que tu pintura viene a ser como la respuesta a una zona específica de un gran cuadro ya visto.</p><p><strong>PP</strong>: Me ha pasado, no te digo que no, pero no sólo con cuadros, también con acercamientos a objetos reales. Sabes que en general yo me imagino mis cuadros como esqueletos vacíos que tengo a la mano; simplemente hay que hacer pintura. Yo ya creo apuntar a un sentido, a una cuestión plástica y tengo un planteamiento establecido: a mí lo que me interesa ahora es pintar, decidir cómo y qué poner ahí adentro de aquello ya definido. Ahora vivo mucho en la pintura: no me pregunto o rara vez me digo qué voy a pintar. Muchas veces sucede que todo se dispara de ver algo muy pequeño, de una cultura como la china, y de pronto el encuentro con un objeto de escala reducida resulta para mí una totalidad, una totalidad que encaja dentro de las formas de mi vocabulario.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cómo así?</p><p><strong>PP</strong>: Por ejemplo, veo un bol de porcelana china de un verde clarísimo en un museo, hecho a elevadísima temperatura: una cáscara de huevo que tomó 10,000 años de civilización. Encuentro en ello una belleza que hace enmudecer y pienso que eso de pronto da lugar a una nueva familia de cuadros míos: entonces apunto en un cuaderno el color del bol y trato de comprar una postal con esa imagen y entonces nace una nueva familia y ya después, en la práctica de la pintura, vendrán el enriquecimiento, las variaciones, los objetos que se muestran más abiertos, menos abiertos, más verticales, triangulares, echados, ¿me entiendes? Otras veces, por ejemplo, lo que viene primero son urgencias de color: entonces veo un amarillo de tal modo y a su lado otro color y después otro, como un diseño abstracto de campos de color que me atrapa y quiere imponerse, siento una necesidad estética de hacerlo, casi esencial y de pronto pienso “esto va para barca, esto para cuenco, para arca, para pozo”. A veces los estímulos surgen de cosas impensadas: veo un camión sobrepasando a otro camión y uno tiene un plástico verde encima y el otro uno naranja y ése es ya un estímulo para mí; los miro y pienso “Las Arcas”. Pero básicamente todo para mí ahora, a pesar de que las formas me seducen, es el color-atmósfera.</p><p><strong>JG</strong>: Nunca has encontrado, en la necesidad de volver a una barca, a un pozo, a un manto, un estímulo específico que no sea de color. Quiero forzar la posibilidad de una lectura simbológica.</p><p><strong>PP</strong>: Quizás en mis inicios o al principio de una nueva familia de pinturas, pero en general no tanto, ahora es mayormente urgencia de color. Es simplemente un estímulo unido a ciertos estados de ánimo. Para mí, los colores responden a estados así, lo cual por cierto no tiene nada de original, pero en mí no se da la correspondencia de los colores con lo que señalan ciertos lugares comunes. El rojo para mí no es la violencia, por ejemplo, o el verde la esperanza: creo romper con todo eso. Los colores de mis cuadros corresponden a estados internos que no sé cuáles son y que además fluctúan. Para mí, los cuadros con el mismo motivo pueden ser universos aparte por esos estados de ánimo distintos, resultan galaxias aparte que hablan de cosas completamente opuestas aun cuando sus motivos son los mismos. Siento de pronto que el tema habla por un lado y el color por otro y me interesa eso, que haya esa contradicción, no me preocupo por la Concordia, creo que ésta viene por añadidura.</p><p><strong>JG</strong>: Voy a insistir en la posibilidad de establecer una narrativa o valores semánticos definidos de los objetos pintados porque hay en ellos ciertas resonancias religiosas: las mesas pueden implicar altares, los mantos son velos de vírgenes y síntesis de templos, las campanas implican los sonidos de algo interior…</p><p><strong>PP</strong>: Si hay connotaciones de ese tipo no me molesta para nada que la gente las piense al ver mi trabajo. En lo que sí he pensado claramente es en esos mantos que derivan, como hemos hablado antes, de arquitecturas religiosas porque vienen de la noción sacra en el sentido de depósito de la calidad suprema, trascendente. De ese círculo del chamán dentro del cual danza y hace sus ritos y en el que nadie, sino él, puede poner los pies. Eso me apasiona: ese sentimiento de reverencia, la colocación de esas barreras para aislar la calidad y el respeto por la dimensión de lo que constituye radicalmente lo “Otro”. Por eso me atraen las iglesias. Pero lo que quizás me interesa más es que la iglesia, en el cristianismo, en el católico y ortodoxo, encierra la transustanciación, una noción que me ha fascinado desde mi infancia y que considero bellísima, la posibilidad de una presencia real. Como en el templo judío, en que había la Shekhina, que es la versión femenina de una presencia divina, pero en un solo recinto del templo, el lugar más sagrado, un espacio en donde únicamente se dispone un velo que era cortado sólo por un sacerdote que tenía la posibilidad de ingresar, el único con la potestad de ir más allá del velo salmodiando una oración una vez al año. Éste era el recinto en donde estaba el Arca de la Alianza, la parte más íntima del templo, la más esencial. Sin duda en el cristianismo esto se retoma en la hostia consagrada. Mas allá de que esa presencia real y simbólica exista o no, de que uno se adhiera a esta creencia o no, por más increíble y absolutamente delirante que parezca, esta noción no es insignificante. El hecho de que haya una injerencia cualitativa de un mundo en otro me inspira, porque encarna la noción de la calidad suprema, un rayo de verticalidad que transfigura un lugar.</p><p><strong>JG</strong>: Entonces, el acercamiento pictórico a la piel de las superficies es, de algún modo, una manera de acercarse a la idea de tocar esa presencia real que es finalmente, de modo laico, sinónimo de calidad, de lo superior.</p><p><strong>PP</strong>: La idea de una urna como contenedora de algo de calidad me interesa. La arquitectura como una urna que contiene a otra como un tabernáculo que contiene a otro y éste a otro y éste último al cáliz y dentro de él la hostia, si se quiere. Es como superponer varias capas que encierran diversos niveles de calidad o de proximidad a la calidad. Yo encuentro que la iglesia como arquitectura era eso simbólicamente. El edificio, digamos, anima el desarrollo espiritual hacia esa calidad. Eso, en el cristianismo, en el judaísmo, en las religiones orientales, en el chamanismo, siempre me produjo una gran curiosidad. Esa noción de lo inalcanzable, de impenetrabilidad y al mismo tiempo de garantía de la calidad sublime, suprema, a mí siempre me dejó atónito.</p><p><strong>JG</strong>: Hablamos de calidad o de exigencia de calidad y hace un rato hablábamos de Bonnard. Todo eso me da pie a preguntarte sobre la culminación de los cuadros, más aún cuando nos hemos referido a un pintor que, como Bonnard, se exigía tanto como tú te exiges en los tuyos: Bonnard era famoso por corregir sus cuadros en los museos. ¿Cuándo sientes que el cuadro finalmente está?</p><p><strong>PP</strong>: Te voy a responder citando a Balthus: “cuando se lo abandona por desesperación y agotamiento”. Yo te he hablado de lo difícil que es crear relaciones de color intensas y que a la vez funcionen. Hace dos días me hablaba alguien de lo terrible que ocurre semanas antes de que el cuadro esté por terminarse, esa parte última en que la cosa se está definiendo, puede salir o caerse; ahí entonces me parece de pronto que ya nada funciona o siento que lo último que le añadí ya lo echó todo a perder, lo malogró. Esto ocurre casi siempre en esas dos semanas antes de que se termine el cuadro, un lapso de tiempo en el que ya no sé qué más hacer con la pintura, me pierdo. La cosa se vuelve terrible: veo que el cuadro aún no está y a veces casi está y a veces que faltan dos o tres cositas, y a veces las descubro y a veces las descubren otros. Ha habido momentos en que amigos de fuera del mundo del arte me han sacado de verdaderos dramas, de estados de franca desesperación. Un amigo mío, una vez, descubrió que lo que le faltaba a un cuadro de un gran manto, del cual apenas se percibía el horizonte, era precisamente ese mismo horizonte, pero algunos centímetros más bajo; sólo ese detalle culminaba un trabajo que me había tomado cinco meses. En una pintura como la mía, con tan pocos elementos, pequeños detalles resultan ser determinantes. Alguien dijo: “God is in the details”.</p><p><strong>JG</strong>: Y los terminas…</p><p><strong>PP</strong>: A veces, uno de los secretos para que el cuadro despegue son las junturas. Éstas son un detalle importante de mi pintura porque definen las masas de color y son lo último que pinto. Es esencial para el trabajo que las junturas estén logradas. No recuerdo quien decía “Everything is in the edges” y es verdad. No sé, pienso que Balthus decía que a veces dejaba los cuadros por pura desesperación.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Tú trabajas cuadro por cuadro o varias telas juntas?</p><p><strong>PP</strong>: Puedo trabajar dos o tres cuadros a la vez, pero en etapas distintas; puedo estar planteando uno y preparando otro, pero lo que es verdaderamente pintar, sólo puedo pintar uno, uno sólo. Hay un momento en que encaro un cuadro y no puedo hacer otra cosa hasta sacarlo adelante.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cuál es la relación que sientes con el espacio que pintas; digamos la relación corporal? ¿Te sientes entrar, te sientes asomado a una ventana, habitando un espacio mental?</p><p><strong>PP</strong>: No pienso en nada preciso; cuando estoy en la pintura y doy unos pasos atrás siento el espacio plástico o lo miro y pinto el espacio, pero en el momento más intenso o frontal siento que pinto superficie. Me doy cuenta de que aplico materia, que embadurno, que no pinto una escena o un objeto o un espacio; si pienso en él pienso en “espacio para cubrir”. Cuando retrocedo observo la cosa en el espacio de tres dimensiones, pero después no, sólo se trata de untar y manchar.</p><p><strong>JG</strong>: Esas manchas que desaparecen se resuelven al final en un tono muy grave de color.</p><p><strong>PP</strong>: Me gustan los colores bajos aunque no se trata de enterrarlos tampoco. Me interesa que estén bajos pero cantando, lo cual es una verdadera complicación.</p><h3><strong>La contemporaneidad, el grabado</strong></h3><p><strong>JG</strong>: Me interesa establecer tu relación con el arte más moderno. Hablabas de tonos bajos. ¿Cuál es el papel de un artista como Giorgio Morandi en tu obra?</p><p><strong>PP</strong>: En el momento de mi formación no tenía para mí el espesor que tiene ahora.</p><p><strong>JG</strong>: ¿En algún momento descubres en su obra una suerte de proceso similar al tuyo en términos de temporalidad o de crecimiento de obra al unísono?</p><p><strong>PP</strong>: Sí, siento que él “evoluciona” relativamente poco. Me inspira su desarrollo tan lento, paulatino, silencioso, aparte, y que no deja sin embargo de ser una pintura moderna. Aprecio sus cuadros de la época de <em>valori plastici</em> en que estaba embarcado con De Chirico. Pero son sus cuadros posteriores los que me interesan muchísimo, esos bodegones casi sin contornos, de pintura pura, con colores que apenas se despegan y que recogen la gama de Piero o de Simone Martini, de Chardin y de Corot.</p><p><strong>JG</strong>: Dices que valoras a Morandi después de cierto tiempo. ¿Qué pasó antes de tener esa validación de cara a la obra de tus coetáneos? ¿Cómo te percibían?</p><p><strong>PP</strong>: Creo que tenían una suerte de respeto por lo que hacía, pero siempre les resulté un extraño. Por esos años en Europa, muchos de los alumnos que comenzaban Bellas Artes lo hacían pintando cuadrados a lo Albers o monocromos grises a lo Richter. En el Perú no era así, había que aprender a ver, a dibujar. El estudio de la naturaleza y la noción de oficio eran aún importantes. En Europa, en cambio, la gente no iba tanto para seguir una formación visual y técnica —poca gente hizo lo que yo intenté en esos talleres técnicos que tuve con mi profesor, monsieur Bouchardy como te he contado— como a formarse intelectualmente, a aprender más bien un léxico, un discurso, una posición teórica o alguna estrategia para defender lo que hacía o para optar por una tendencia determinada, en general lo más en boga posible. Y, sobre todo, para —a partir de la escuela misma y sirviéndose de su renombre o de la importancia de algunos de sus maestros en el medio local del arte— poder contactarse desde ya con instituciones, galerías y lugares de exposición prestigiosos: un auténtico trampolín a la fama; todas cosas que yo consideraba aberrantes en la época.</p><p><strong>JG</strong>: ¿En qué sentido?</p><p><strong>PP</strong>: Una persona de dieciocho años que entra a una escuela a aprender a pintar y parte de los cuadrados de Mondrian y persiste en ello por años, evocando simplemente las conclusiones teóricas del mismo Mondrian, con ligerísimas variantes —que dicho sea de paso, es uno de los pintores que más aprecio—, está arrancando de una reducción extrema, de una síntesis personal, lenta y madurísima; en ese sentido yo no sé cuál es la experiencia, el recorrido, la conclusión propia de ese alumno, sobre todo si además, debido a su edad, no poseía tampoco la más mínima argumentación sobre el porqué de haber escogido esa forma minimal y no otra, así como el porqué persistir en ella. Yo veía con pesar que la preocupación que había entre mucha gente que quería hacer arte era determinar qué era lo que “se hace en ese momento y tiene éxito”, qué cosa en esos momentos “hablaba” como arte.</p><p><strong>JG</strong>: Cuando leías la crítica sobre lo que era el arte o formabas parte de las discusiones sobre lo que lo era en ese momento ¿cómo percibías o defendías tu propio trabajo? ¿Formaste un discurso?</p><p><strong>PP</strong>: No en ese momento porque todavía no dominaba el francés como para estar a la altura y no tenía entonces las herramientas teóricas. El trabajo se defendía en el sentido en que técnicamente la cosa iba mejorando, nada más. Sentía que había en la obra un cierto fondo de origen medieval, pero no parecía pintura medieval. Creo que les daba la impresión de una visión de algún modo onírica. Era una cosa extraña, algo metafísica, pariente de la de De Chirico, pero distinta. La de De Chirico es más violenta, angustiosa, otro espacio; yo encontraba la mía más silente. Algunos me relacionaban conceptualmente con Caspar David Friedrich, el gran romántico alemán. Me defendía como podía de algunos ataques. Había un hablar con un vocabulario propio de las cosas que yo había visto y que me habían llenado. Poco a poco se volvió una pintura de citas y referencias cada vez más claras y muy conscientes.</p><p><strong>JG</strong>: Ese trabajo de citas y diálogos con maestros se acerca a lo que algunos quizás ya nombraban postmodernidad.</p><p><strong>PP</strong>: Yo no lo veía así entonces. Entiendo por qué me lo dices, pero en ese momento no lo veía así. Sentí simplemente que podía abstraer ciertos tipos de arquitecturas románicas, simplificarlos y hacer algo que a mí me parecía más fuerte como para esta época, más eficaz o expresivo y menos anecdótico en tanto a detalle o descripción arquitectónica, lo que de algún modo me fue llevando a hacer cada vez muros más simplificados. Cuanto más simplificado era el muro o el objeto, más elocuente me parecía que era la pintura. De algún modo quería alejarme de la realidad desproveyéndola de elementos y creando una estructura total, la del muro. En un momento me di cuenta de que para pintar ya no necesitaba ver las cosas; podía simplemente consultar en una foto algo con un detalle de tal o cual arquitectura y de ahí avanzar en mi trabajo; a tal punto me ocurría eso que llegué a apropiarme de detalles de construcciones arquitectónicas recientes, funcionales, y otras a veces imposibles, puramente mentales. Quería algo que fuera espléndido en su pasividad, guardián de algo que no se puede revelar.</p><p><strong>JG</strong>: Ese motivo sublime que usas y que promete una presencia de orden “inmanente” o “trascendente” ya es de algún modo una manera de reinstalar una problemática que, en ese momento, está dejando de ser vista como un problema contemporáneo.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, pues, para algunos era caduca, obsoleta.</p><p><strong>JG</strong>: Pero la haces pasar por una reflexión que permite reponerla. Y ahí una de las estaciones centrales, un estadio claro que en la muestra de Lucía de la Puente funciona como una poética o una manifestación de principios es precisamente el trabajo tipográfico, el trabajo con los grabados. En él la pintura no existe sino como mero problema mental. ¿Por qué llegas a él?</p><p><strong>PP</strong>: Sin duda por la voluntad de complementar lo que pueda resultar opaco o hermético en mi búsqueda pictórica. Mientras leía libros que me ofrecían discursos con los cuales pensar mi oficio me vino una idea, y me pareció que utilizando otro medio artístico, en este caso los grabados, mi trabajo en general, a través de este soporte, se clarificaría y completaría conceptualmente y me ubicaría a mí frente a él desde una posición crítica. Es mucho más esqueléticamente conceptual en ese sentido, frente al candor, a la carne de la pintura.</p><p><strong>JG</strong>: Surge de otros estímulos.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, son cosas que aparecen en mí, leyendo. Creo que mejor que escribir un manifiesto sobre qué es el arte para mí, intento utilizar esas reflexiones al interior de las obras de arte mismas: recuerdo los pequeños grabados de las casas, por ejemplo, en los que inscribía pensamientos sobre mi trabajo, las contradicciones, las complementariedades, mis motivos resueltos en tipografías. Quería dar pistas, hilos sueltos…</p><p><strong>JG</strong>: Puertas de acceso a la penetración de lo pictórico…</p><p><strong>PP</strong>: Sí, pero es difícil decirlo de esa manera porque supondría que están subordinadas al trabajo pictórico y que no gozan de autonomía. Eso no lo sé ni lo decido yo: para mí son grabados, son obras autónomas. Siento que la necesidad primaria de los grabados es más la de ser escuchado que la del impulso de pintar, que es lo visto, lo percibido y lo sentido.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Se puede ver allí una suerte de relación entre la superficie del soporte y las ideas vueltas estímulos visuales? A veces parecería que se presencian encarnaciones visuales de ideas que se liquidan en el hecho plástico, se vuelven tejidos meramente visuales…</p><p><strong>PP</strong>: Sí, hay de eso, sin duda. Recuerdo esa frase: “El tejido de la escritura pictórica superpuesto a la trama geométrica refuerza la tensión” o “La repetición y la acumulación del gesto saturando la superficie producen una densidad” dos frases que llevo conmigo hace veinte años y que nunca había grabado hasta esta muestra. Para mí, eso habla de un aspecto del trabajo en pintura y creo que lo hace en la propia dimensión de la pintura. Se trata de una escritura que no se comunica ni se lee como se lee la escritura normal.</p><p><strong>JG</strong>: Entiendo que es un punto de convergencia de las ideas y los modos de tu oficio plástico, como un lugar de reencuentro de tu formación artística con tu formación literaria…</p><p><strong>PP</strong>: Sí, no se me habría ocurrido para nada este tipo de trabajos si no hubiese estado en la universidad. Creo que ello me ha servido para sacar cosas de mí que no habrían aflorado en pintura a menos que hubiese hecho obra de carácter demostrativo. O una pintura de carácter puramente estratégico: esto de poner un estilo de pintura junto a otro estilo para que se vea que comento tal cosa con tal otra a través de un propósito discursivo. Yo no quería eso, que es “bastardear” mi pintura, una suerte de asunto que encuentro en ese postmodernismo que me molesta tanto tal como yo lo percibo. Hay cierto tipo de postmodernismo que a mí me repugna, sinceramente. Mis grabados son trabajos sumarios que son obra y no manifiestos. Las frases de mis grabados están actuando en lo plástico, creo yo.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cuándo empiezas a grabar?</p><p><strong>PP</strong>: Varios años después de pintar, pero los grabados ya aparecen en mi primera exposición. Ahora, aun ahora no sé si haré más grabados en mi vida, no lo sé realmente.</p><p><strong>JG</strong>: Es importante porque dialogas con el arte fuera de la subordinación de las obras a momentos históricos determinados; en ellos se pueden leer de un modo facilista ciertas señales de lo llamado postmoderno. Hay una problematización de la cuestión de la noción de lo moderno.</p><p><strong>PP</strong>: A eso que dices yo añadiría que se trata de una problematización dolorosa. Yo veo muchos artistas —no sé si su problematización es más ligera— para quienes estas cosas no resultan dolorosas: sólo mezclan a X con Z y obtienen tal cosa específica; eso lo vuelven a mezclar con Y y todo resulta ok.</p><p><strong>JG</strong>: Estaba pensando en la facilidad con la que parecen resolver sus propuestas ciertos artistas que han regresado a fuentes con las que tú dialogas en tu obra, los “New Old Masters” de los que habla Donald Kuspit, por ejemplo.</p><p><strong>PP</strong>: La gran facilidad aparente que produce una maestría técnica y la maestría que, a su vez, da una validez a una facilidad conceptual sospechosa. Reconozco que hay uno o dos de esos artistas que sí me han impresionado mucho, más allá de la simple técnica, el resto no me convence.</p><p><strong>JG</strong>: Y de movilizarse o de construir obra con “diálogos” que dan la impresión de estar ya resueltos.</p><p><strong>PP</strong>: Ahí volvemos al asunto de la estrategia. Yo siento que siempre hay una boya para sobrevivir ahí. Y ojo, yo no creo que la obra de arte no deba ser crítica —casi todos los “ismos” lo han sido—; pero no puedo concebir que el artista esté al otro lado de su obra. A mí me es difícil concebirme así. Para mí, los comentarios de las obras de arte sobre otras obras de arte tienen que olvidarse prácticamente, frente al dominio del arte mismo; el comentario de la obra, su situación en el mundo del arte, su lugar histórico, todo eso que tiene la obra debe darse sin desmedro de la obra en sí, no por voluntad de ésta. Si quiero comentar sobre Botticelli, sobre formas o alegorías que pueden ya parecer obsoletas, etc., etc., tendría yo que hacer una obra que, a pesar de ese comentario, hable de otra cosa, que se sostenga como arte en sí, como autonomía y como primacía. El comentario, para mí, es para los comentaristas, y el arte para los artistas. Un artista puede querer hacer un comentario dentro de su obra; si ésta llega a ser arte dejará de ser meramente comentario. Yo no tengo nada contra los comentarios, pero me gustaría que los espectadores de mi obra se olvidaran de que es comentario —porque el comentario no es lo esencial— aunque también esté hecha de comentarios, entre otras cosas. Lo que a ti te debe llegar o lo que en el cuadro se debe resolver es la pintura.</p><p><strong>JG</strong>: De ahí tu distancia de una gran cantidad de artistas contemporáneos.</p><p><strong>PP</strong>: Hay muchos a los que admiro, pero a veces sobre algunos no sé qué pensar. Tengo más aprecio por Vincent Desiderio o Peter Doig que por otros.  Pero mira, hay ese artista estupendo que no es de “Old New Masters” ni nada de eso: Gerard Richter, un gran pintor-estratega al que admiro, pero al que a la vez le pongo muchos bemoles. Lo admiro más por sus capacidades que por la profundidad de su arte; sin embargo, ciertas cosas de él me cautivan. Su arte está para mí viciado de estrategia; por otro lado, no cualquiera adviene a un estado de refinamiento, de maestría tal para combinar con tal inteligencia tal multiplicidad de fuentes y maneras como lo hace él. Creo que Richter es admirable por su total maestría e increíble versatilidad técnica, algo que nadie o que poquísima gente tiene… pero no me llega al fondo porque siento la estrategia y la demostración detrás.</p><p><strong>JG</strong>: Un trabajo que puede resultar un poco cínico también.</p><p><strong>PP</strong>: Creo que Richter no lo ve así, pero todo sea por la mayor gloria de la pintura ¿no?  Pero sí, sin duda no tiene ese aspecto candoroso, vulnerable que a mí me toca especialmente en una obra de arte.</p><p><strong>JG</strong>: Entonces, si te encuentras ubicado cerca de alguien el último es Rothko…</p><p><strong>PP</strong>: Sí, creo en mucho de lo que él creía sin haber tomado la abstracción; si tendría que quedarme con un último él podría ser candidato pero, a la vez, para mí es siempre volver a Bonnard, que persevera en un arte vecino al de Morandi; interiores íntimos, naturalezas muertas, escenas cotidianas, de hecho con otras características y llevándolo todo a un universo muy distinto. Y además están Picasso, Matisse, esta gente que rompió sin romper, en ellos todo era posible, nada se tachó para siempre. Por ello tengo dificultades con lo que está pasando en los últimos 30 o 40 años. No con todo, claro. Hay cosas que me encantan. Admiro muchísimo a Richard Serra y a Anselm Kiefer, son artistas que me nutren. Anish Kapoor, por ejemplo, tiene mucho que ver conceptualmente conmigo, esta cuestión de los vacíos, aunque siendo él escultor y completamente abstracto. Admiro a Brice Marden, hubo un cambio importante en su pintura, pero me gusta tanto lo primero como lo segundo que hizo. Otros menos recientes son Ad Reinhardt y Agnes Martin, que me marcaron. Luego están Lucien Freud y Auerbach. En el fondo hay muchos artistas modernos y contemporáneos de muy distintas tendencias que aprecio mucho.</p><h3><strong>La crítica</strong></h3><p><strong>JG</strong>: Hablabas, al inicio de esta entrevista, de la necesidad de formarte académicamente para no ser colonizado por la crítica. A nivel de ideas, qué cosas han estimulado tu obra y su desarrollo. George Steiner, que fue tu profesor en Ginebra, ha sido importante ¿no?</p><p><strong>PP</strong>: Desgraciadamente me ha traumatizado (risas). El profesor y el hombre son una cosa, pero lo que escribe es otra y sí pues, ha sido determinante.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Conocías su obra antes de ser alumno suyo?</p><p><strong>PP</strong>: La verdad es que ni sabía quién era. Yo todavía no había entrado a la universidad y un amigo mío, Harel, iba a los cursos de Steiner y comentaba todo el día con otra gente sobre este Steiner, que él tenía como lo más alto. Otros lo criticaban, decían que era un fascista, que era un tal por cual, y un día, cuando mi amigo ya no estaba en Ginebra, me metí a un curso introductorio de Shakespeare dictado por Steiner. Desde que lo escuché me dije que todos mis seminarios tendrían que ser con él. Steiner fue mi profesor principal y llevé casi todos sus cursos durante esos años de formación.</p><p><strong>JG</strong>: Fue como tu consejero académico.</p><p><strong>PP</strong>: Pero nunca me aconsejó mucho. Digamos que era verdaderamente un tipo difícil, extremadamente exigente, pero a la vez me generaba una admiración tal, que era impensable dejar de lado a alguien tan incuestionablemente valioso.</p><p><strong>JG</strong>: En ese momento él ya era considerado un reaccionario frente al advenimiento del postestructuralismo y su correlato postmoderno.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, claro, para todos los deconstruccionistas y los defensores del “meta, meta discurso”. Su personalidad, además, no lo ayudaba. Era súper apasionado, intolerante. Él enseñaba en Cambridge y en Ginebra, pero en ese momento sobre todo en Ginebra.</p><p><strong>JG</strong>: Me interesa el encuentro entre las ideas de Steiner y el trabajo que tú hacías por esos años.</p><p><strong>PP</strong>: En ese momento no hubo ninguno. No había leído nada de él. Ese encuentro tuvo lugar más tarde. En ese momento yo iba a sus cursos y éstos me abrían universos insospechados, porque me hacía penetrar en las obras, las parafraseaba de una manera magistral. Ésa era su manera de enseñar, su creencia, y entonces desplegaba ante nosotros una visión muy de paralelos, comparativa. Nos hacía leer pasajes de Goethe, pasajes de Esquilo, Sófocles, Shakespeare, hasta Rilke, traía autores de todos lados para ver un poema cuyo tema habían tratado quince autores en 3,000 años de escritura.</p><p><strong>JG</strong>: Me imagino que eso, para ti, refrenda tu actitud frente a la pintura, esa manera de dialogar con ella fuera de las adscripciones a un momento generacional, pasando por épocas distintas sin el menor miramiento…<br />PP: Para mí él instaura ese orden talmúdico, la tradición bien entendida, esto que es herencia que se comenta y se recomenta y siempre es nueva y es riquísima, la idea de un libro total de la cultura universal. Recuerdo un curso fascinante dictado por él, que era algo como “Antígona a través de los tiempos”. Steiner, en un escenario a oscuras, sentado junto a un diminuto pupitre leyendo textos con ayuda de una lamparita, daba una pequeña palmada y decía: “King Lear”, William Shakespeare, diálogo de Cordelia. Y los actores que se encontraban detrás, como agazapados en la oscuridad, que ya estaban listos esperando su señal, ejecutaban <em>ipso facto</em> los diálogos de la escena en inglés. Luego otra palmada y anunciaba: “Antigone” de Jean Anouilh, diálogo de Antígona con Creonte, en francés, luego otra palmada y esta vez era “Santa Juana” de George Bernard Shaw, diálogo de Juana de Arco con el arzobispo Cauchon, en inglés nuevamente. Y se lanzaba después todo un comentario, un rollo fabuloso sobre los diferentes contextos y adaptaciones. Este experimento duró cinco meses. Para mí fue una cosa increíble: él palmeando y los tiempos, la tragedia y las lenguas apareciendo o sucediéndose a su lado…</p><p><strong>JG</strong>: Creo que ésa es una manera de visualizar una metodología de conversación con todas las épocas de la tradición como si estuviesen igualmente presentes.</p><p><strong>PP</strong>: Creo lo mismo.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Cómo se dio el contacto entre eso y tu obra, entonces?</p><p><strong>PP</strong>: En el año 90 fui a San Francisco donde estaba mi amigo Harel, quien había conocido muy bien mi fase místico-religiosa, y recuerdo que visitábamos una librería en Berkeley cuando me dice: “Peschiera, tengo lo que te falta: Steiner ha sacado un nuevo libro y es como si tú le hubieras puesto el título”. Yo ya había leído <em>Lenguaje y silencio</em> y <em>En el castillo de Barba Azul</em>, conocía su reformulación del ensayo de T.S. Elliot: “Tradition and the Individual Talent”. De pronto veo el libro y ahí, sobre la cubierta, ese cuadro de Georges de la Tour y el título: <em>Presencias reales</em>. Para mí fue exactamente lo que necesitaba y es el libro de Steiner que a mí más me llega. En aquel momento ya no era su alumno.</p><p><strong>JG</strong>: ¿Ya habías expuesto?</p><p><strong>PP</strong>: No, aún no, una pequeña muestra colectiva en una tienda, unos dos o tres cuadros chicos. Pero ese libro, su apuesta por lo trascendente, o por una inmanencia trascendental si se quiere, aunque suene cándido, a mí me dio una posición artística e intelectual a la cual me resulta imposible renunciar. Me es muy difícil hablar de este texto, pero para mí es ahora la fuente a la que regreso siempre, mi libro de argumento. Steiner fue fundamental porque yo venía de un contexto en el cual siempre me percibí como muy raro en mis propuestas frente a las de los demás. Toda la cuestión del arte contemporáneo en una época reciente era muy dogmática y era terrible para mí. Si bien la cosa ha cambiado un poco y ahora todo parece estar de venida, antes todo estaba definitivamente de ida.</p><p><strong>JG</strong>: Steiner te refrenda la ética de un trabajo lento, con fe, con la esperanza del advenimiento de una presencia trascendente que puede habitar las formas, de una trascendencia posible a través del ejercicio del arte.</p><p><strong>PP</strong>: Sí, uso su argumentación para validarme. Siento que es una manera de creer, no una creencia. Yo no tomo en cuenta explícitamente la historia de la pintura para poder pintar, ni la comento en mi pintura, no pinto desde donde Duchamp dejó los pinceles ni desde donde los retomó Andy Warhol ni tampoco desde el límite formal fijado por Robert Ryman.</p><p><strong>JG</strong>: No te inscribes en una línea de progreso o de desarrollo…</p><p><strong>PP</strong>: No, pero tampoco soy de los que piensan que la pintura es un castillo en el aire y que viene de la nada o que está desvinculada del mundo o que se puede pintar sin conciencia, claro que no; yo la veo simplemente desde otro lado. Finalmente para mí, la pintura es algo que se juega entre Steiner y Rilke, una cosa de vida y muerte, y también quizás ¿de vida o muerte? No quiero mistificar tanto al poeta y al artista, pero sí creo que debe haber algo como el ángel, aunque sea ficticio. Hay un título de un libro de Wallace Stevens, <em>Necessary Angel</em>, para mí es eso. No siento que mi arte es capricho ni pura vanidad, algo que hice porque simplemente me provocó. Ahora bien, esto que digo está y no está en mi trabajo. Tú has hecho referencia a eso y por eso te lo contesto.</p><p><strong>JG</strong>: Ese surgimiento de lo trascendente, de algo que adviene a las formas de una pintura o un texto es para ti el doblón de Melville, en <em>Moby Dick</em>, un texto que has usado para culminar la muestra de Lucía de la Puente bajo la forma de una medalla o de una espiral que, una vez más, es única y se dice “el mundo”.</p><p><strong>PP</strong>: El doblón representa para mí una mejor manera de ilustrar finalmente algunos aspectos de lo que es el arte. Es el capítulo en el cual el capitán de ese barco, que es ya un microcosmos, pone en una posición axial, en el mástil, un doblón de oro y dice que ese objeto es para el primero que divise a la famosa ballena. Ocurre entonces una serie de eventos en esa embarcación que es el mundo. Ese doblón, ese único objeto provoca la tensión de una serie de personajes claves de ese navío; cada personaje, embajador de su clase social o de su naturaleza en tanto ser humano, va desarrollando un monólogo inspirado por el doblón. Todo el mundo proyecta cosas sobre el doblón, desde Ahab el capitán, pasando por el contramaestre, hasta el arponero —que es casi salvaje y no sabe leer ni escribir— sus deseos, sus temores y heridas…</p><p><strong>JG</strong>: Un objeto que aglutina en sí todos los sentidos posibles…</p><p><strong>PP</strong>: Una cosa que es varias cosas. En primer lugar se ve que es redonda como el mundo, pero plana; es de oro, un material precioso. Además, tiene una serie de inscripciones crípticas, como tres montañas y tres cimas, toda una Trinidad, y una frase que dice República del Ecuador, país ubicado además en el centro del mundo. En el borde exterior de la moneda hay un cinturón de los doce signos del zodiaco, o sea que se lo puede considerar cosmogónico y cosmológico. Con eso ya uno tiene bastante. Quizás por ello todo el mundo delira por esta pieza, hasta el último arponero, ese maorí que es un hombre tatuado de la cabeza a los pies, que no lee ni escribe y que se pregunta qué es eso, y lo mira y no entiende y lo único que tiene ante ese objeto es ÉL mismo, su cuerpo; entonces se desnuda y revisa su piel para ver si entre los símbolos de sus tatuajes no habría algo que se parezca a alguno de los signos del doblón porque él también quiere leer, quiere descifrar ese objeto, su sentido: eso a mí me hace llorar. Y para mí eso es el arte. Es algo que tiene que ver con la proyección. Como cosas que uno se envía a sí mismo, ya sea uno artista o espectador: formas, conceptos, impresiones, visiones. El soporte, la tela en mi caso, lo cristaliza todo y al final te devuelve lo que tú le tiras. Para mí, ese proceso es lo que sucede en el arte. Eso, con todas sus complejidades y creo que no otra cosa, es ahora mi visión del arte.</p><p style="text-align: right;"><em>Lima, julio-agosto de 2006.</em></p>								</div>
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		<title>Article by Jeremías Gamboa (2006) – Spanish</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Jul 2006 19:21:50 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Artículo Jaremías Gamboa 2006 “the thing shines, not the maker” anónimo japonés Esta afirmación, recogida por el pintor Pedro Peschiera de [&#8230;]]]></description>
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<h2 style="text-align: right;"><em>“the thing shines, not the maker”</em></h2>
<p style="text-align: right;">anónimo japonés</p>
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									<p></p>
<p class="wp-block-paragraph">Esta afirmación, recogida por el pintor Pedro Peschiera de un ceramista japonés, ha sido colocada al ingreso de la galería Lucía de la Puente a manera de epígrafe para su sexta muestra individual. Su presencia no sólo enfatiza varios de los rasgos que han caracterizado su obra, centrada en la representación —o la problematización de la representación— de un solo objeto (“the thing”), sino que realza la ética que informa su aventura plástica y la relación que el hacedor (“the maker”) de ese universo visual guarda con la obra concluída, ese objeto artístico que es receptáculo material y final de la pintura.<br />Pedro Peschiera ha dispuesto una vez más en la sala una serie de objetos que son obras de arte: grabados, pinturas, acuarelas. En el interior de esos objetos lo que está representado son otros objetos que, a su vez, se dicen contenedores de otros, “cosas” posibles no representadas explícitamente en la tela. El “the thing” del epígrafe activa, entonces, varios objetos de naturaleza distinta, todos encerrados unos en otros. Al inscribirnos en el acto de espectar la pintura nos damos cuenta de que formamos parte de un diseño espacial que ha desbordado el espacio de la tela para inscribir nuestros cuerpos dentro de otro receptáculo —la galería misma— que a su vez nos contiene y preserva del espacio exterior. A través de la sucesión de cajas chinas que se contienen unas a otras y en las cuales están contenidos la propia galería y nosotros, nos descubrimos como componentes de una sucesión de espacios de calidad y de sentido —el mundo-la galería-la pintura-el objeto representado-el objeto que este objeto espera— cuyo punto de fuga se ubicaría en esa zona de la representación que precisamente se nos ha negado observar directamente: el paisaje que los muros ocultan, la oquedad de los cuencos o las campanas.</p>
<p> </p>
<p>No resulta antojadizo, por ello, suponer que una pintura tan prolija y en abierta relación con referentes y modales de un tiempo histórico de plena fe —la arquitectura románica, la pintura del Trecento y del Quattrocento, el legado de los maestros venecianos— se haya distribuido en el espacio de la galería bajo el deseo de convertir su territorio físico en predio de plena “calidad” tal como lo fueron las abadías ante las campiñas del medioevo en Europa o los templos barrocos frente a las localidades rurales andinas durante la Colonia. Casi como habitar un espacio espiritual que albergara una serie de imágenes que se erigen contenedoras del más alto sentido —acaso la divinidad— y a la vez la mayor calidad estética, habitar un espacio de arte como el delimitado por Peschiera equivale a ubicarse dentro de los linderos de un recinto de imágenes que aspiran a establecer un orden de valor distinto, cualitativamente más denso .</p>
<p><br />Pero si observamos atentamente la manera en que Peschiera ha escrito el epígrafe podremos advertir las dramáticas diferencias que el artista contemporáneo guarda respecto de los ideales del arte religioso del cual ha obtenido muchas de sus fuentes pictóricas y a la vez determinar su posición original e insular dentro del espectro del arte actual. Si los artistas que han nutrido su propuesta establecieron un discurso pictórico de celebración de un Dios (“Maker”) que aglutina en sí todos los sentidos posibles, en el trabajo de Pedro Peschiera la frase, escrita sin letras mayúsculas ni signos de puntuación, parece afirmar la preponderancia de un “maker” en tanto mero hacedor-artesano, la figura de un pintor que debería ser superado en el acto de mirar la pintura. En esa sutil intervención textual anida la certeza de una obra que si bien no se inscribe en el universo mental de la fe, sí reincorpora a la escena actual la necesidad de un oficio espiritual que se diluya en la ejecución misma de la pintura. No hay en ello un renacimiento de la presencia de Dios strictu sensu, pero sí de su idea como garantía de sentido, un alejamiento de la contingencia debido a una franca apuesta por lo que se pretende trascendente .</p>
<p> </p>
<p>La posición de Peschiera frente al arte que estamos acostumbrados a ver es, cuando menos, problemática. La frase del anónimo japonés ilustra parte del programa del artista —acaso el deseo secreto de borrar las señas del trabajo individual— e intenta asegurar la lectura de los espectadores bajo esa vía. El correlato pictórico de esa intención es evidente. Si algo genera perplejidad en el arte de Peschiera es la ausencia de trazas que delaten el proceso mismo de ejecución. Ciertamente el anonimato como posible escudo del artista ante el las repercusiones de una exhibición pública activa una serie de lecturas sugerentes . Si Peschiera retoma algunas señas modernistas será sólo para acercarlas a una suerte de proyecto de disolución del individuo. En la ausencia de fecha en sus pinturas se refrenda la propia proyección de su lenguaje plástico a lo largo del tiempo: las series de pinturas que el artista dispone en sus espaciadas individuales articulan un vocabulario formal que erosiona la noción de un desarrollo lineal. Es difícil leer en su trabajo, de exhibición en exhibición, un paso concreto de un estado a otro o la configuración de un “proceso” mediante el cual ciertos motivos ceden ante nuevas inquietudes o soluciones formales. La diferencia entre el resultado de los cuadros de esta muestra en Lima y el de otras anteriores es mínimo. La obra, por ello, se expande a una velocidad muchas veces imperceptible  y en sus escasas reminiscencias narrativas parece decir un origen casi disuelto, desasociado de cualquier individuo concreto. A ello coadyuva el trabajo extremo de superposición de toques pictóricos que impiden advertir las huellas de una voluntad individual en la factura de la pintura. Como sus maestros italianos o como artistas de la talla de Van der Weyden o Van Eyck, Peschiera parece pintar de modo constante hasta el estado mismo de la disolución en que “todo” llega a ser “nada”. En ese modus operandi lo que se activa es la noción del creyente en el oficio que se funde en él de tanto practicarlo y que parece inquirirnos a hacer lo mismo. Ante la pintura y su hecho nadie, en tanto individuo, puede tratar de medirse como alteridad. El resultado de la obra es siempre mayor al proceso material e individual de su ejecución.</p>
<p> </p>
<p>Las condiciones de esa práctica están puestas en juego de un modo ejemplar en la primera serie de grabados de esta muestra. La serie, que parece rendir homenaje a algunos de los trabajos de Malevich, está compuesta por una figura geométrica en cuyo interior se produce la progresiva liquidación de enunciados de ideas o preceptos contra la superficie del soporte hasta devenir en meros elementos pictóricos. Frases como “El tejido de la escritura pictórica superpuesto a la trama geométrica refuerza la tensión” o “La repetición y la acumulación del gesto saturando la superficie producen una densidad”, escenifican casi dramáticamente el propio dictum que las contiene hasta convertirse en la representación de un cielo oscuro apenas tachonado por ciertas estrellas o puntos blancos.</p>
<p> </p>
<p>Ahora bien, la aparente aventura de erosión de la figura autorial, o la fantasía escénica de su posibilidad, relaciona de una manera paradójica y crítica la obra de Pedro Peschiera con cierto “arte” que precedió sus años de formación. Al lado de la pretendida “disolución” del individuo o de sus señas como “hacedor” en obras como las de Andy Warhol o los ready-mades de Marcel Duchamp —y cuyos resultados condujeron a una más feroz sacralización de la figura autorial—, la obra del peruano desarrolla una apuesta extrema bajo medios opuestos: los del culto al oficio artesanal. Con ello interpela poderosamente a quienes, producto de los cambios en los modos de producción y de circulación del arte, “materializaron” la disolución del aura de las obras de arte tal como fue descrita por Walter Benjamín. Si la obra de arte ha dejado de ser esa “manifestación irrepetible de una lejanía” que le confería un carácter elusivo y espiritual, la pintura de Peschiera se erige como una respuesta que intenta reponer ese modo aurático de mirar y de acercarse al arte.<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn1">1</a></p>
<p> </p>
<p>En ese programa de reposición destaca a primera vista el carácter monumental de los objetos de Peschiera. Algunos de ellos, los que provienen de la arquitectura particularmente, se nos presentan casi como “montañas” —con toda la carga aurática que ello conlleva.<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn2">2</a> Tal majestuosidad está remarcada por la soledad y la mismidad de los objetos que habitan y saturan el espacio de la representación en los cuadros como verdaderos objetos-mundo. La tensión entre los límites de la pintura y las dimensiones de las cosas representadas en ella no hace sino imponer la presencia vertical de una unidad formal como correlato de una unidad de sentido, como el anuncio indeclinable de una posibilidad de advenimiento/surgimiento de una “presencia real”. Ante el legado de las teorías post estructuralistas que bullían en el escenario en que se formó Peschiera y que enfatizan la preponderancia del suplemento o de lo secundario como vía del conocimiento<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn3">3</a> o de la crisis del sentido en tanto que posibilidad comunicable y su erosión en un flujo que es territorializado o racionalizado de manera fragmentaria y siempre insuficiente,<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn4">4</a> es decir, frente a la crítica del humanismo y su fe absoluta en el conocimiento, la pintura de Peschiera intenta asumir el protagonismo de una instancia primera única y total. En su plano simbólico, en lo que ella “dice” a nivel de paisaje, el objeto portentoso que habita y colma por completo el cuadro se erige como único motivo a ser observado y depósito de un sentido o de un conocimiento real y pleno. Esa majestuosidad es acentuada, además, por soluciones formales que los instalan en un terreno original si se los considera bajo patrones de los principios de realidad. Sin ser surrealista o decididamente metafísico pero en franca interrelación con las ciudades imposibles de De Chirico, los objetos de Peschiera parecen anunciar componentes de las extrañas ciudades mentales de Urbino o ser la materialización de las arquitecturas imposibles imaginadas por Italo Calvino.  Los objetos corresponden a nuestro orden de cosas de primera impresión, pero en su visión o en su color hay algo de arquetípico, lo que ha generado la impresión de un orden adscrito a un mundo de ideas de sustrato platónico<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn5">5</a> reconocido por el propio artista.<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn6">6</a></p>
<p> </p>
<p>Sin embargo, pese a todos los recursos formales que los ponderan como instancias “superiores” de percepción, estos mismos objetos resultan ser siempre elementos suplementarios. Si bien es cierto que algunos de sus aspectos formales e incluso técnicos provienen del medioevo y del renacimiento , estos “objetos” sólo se pueden atrever a generar reminiscencias de iconografía religiosa de la pintura de fe —sus Mantos remiten los del las madonas de las pinturas renacentistas<a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn7">7</a> y se organizan como las vírgenes de la obra de Bellini— o anunciarse humildemente como posibles contenedores de una promesa de sentido. No se pretenden el sentido pleno. En un plano simbólico, pese a su desmesurado protagonismo, ellos no pretenden ser la unidad, pero sí anunciarla como una promesa. En la mirada detenida a “aquello que acercan a nosotros para alejarlo”, el sentido podría anidar en la oquedad de la barca que no atisbamos, en el espacio que la mesa oculta, en el fondo de un hoyo o uno de sus cuencos, en el sonido que podría advenir a la campana. Se trata de la posibilidad de un sentido que se activa por ausencia. En ese sentido, resulta profundamente dramático el caso de todo el paisaje oculto detrás de un manto o de una cadena de arcas .</p>
<p> </p>
<p>Pero lo realmente turbador del arte de Peschiera es que la mirada de esos objetos que desde la estrategia conceptual se dicen secundarios —el velo que tapa el sentido o el receptáculo de su posible advenimiento— se termina resolviendo siempre como logro extático en un oficio plástico riguroso e hiperbólico, de aspiraciones y logros magistrales, que contradice o subvierte radicalmente la estrategia conceptual de los cuadros. En la coexistencia de una escrupulosa disposición geométrica y un color tratado casi con pulsiones eróticas —convivencia que Luis Lama ha llamado “geometría sensibilizada por el color” —, Peschiera parece activar la paradoja del arte que fue puente entre el medioevo y el primer humanismo . Si bien lo que está representado es “secundario”, el trato seductor del color postula que esos objetos y esas superficies no son velos que anuncian el sentido; “son” el sentido, solo que éste es estrictamente plástico y está dispuesto en la maravillosa y detenida mirada nostálgica de un sentido pleno, acaso perdido, pero necesario como deseo. En el acto de la espera, motivada por la representación, y la “delectatio” plástica que postulaba Poussin, activado por el oficio, terminamos siendo testigos de una presencia de pintura que se presenta bajo el ropaje de la secundariedad.</p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"> </p>
<p>La importancia de la problemática del color como fin o resolución de la pintura, pero sobre todo como inicio de la misma aventura, está puesta en escena en los estudios, variaciones y asociaciones del color en estructuras geométricas del conjunto de acuarelas y dibujos “Flores, mariposas y canto rodados”, estudios, pero también obras de arte finales en los cuales el artista desplaza impulsos de color que provienen de fuentes tan distintas como el consumo de artes visuales o de percepciones de la propia realidad. Como un cuaderno de apuntes que señaliza la experiencia sintáctica de los elementos visuales, esta serie de acuarelas entronizan el color como preocupación central y única de la obra, refuerzan la intuición de que la representación geométrica y sus asociaciones son, a su vez, el receptáculo sobre el cual la pintura se deposita. Mirado desde este punto de vista, la adición progresiva de nuevas familias de objetos en el universo de Peschiera —en esta muestra tenemos la presencia hasta hoy inédita de la familia de cuencos— obedecería a la sola necesidad de resolver plásticamente una nueva gama de experiencias visuales en los confines de lo estrictamente bidimensional.</p>
<p> </p>
<p>Pero incluso esa solución en la superficie del soporte no deja de ser subvertida mediante una nueva paradoja. Y es que esos objetos de lujo —tal como los considera Philippe Cuenat— cuyas superficies ostentan una calidad y un nivel de detalle exquisito, a la vez exhiben sin tapujos una contundencia y una gravedad masivas, la condición de peso y volumen suficiente para aspirar un desprendimiento del mismo soporte. En ellos hay una fe en la pintura y una aspiración a dejar de serlo a la vez. Una parte intensa de la entidad que poseen parece conducirse por el sueño o la velada intención de instalarlos ante nosotros como verdaderas esculturas. No es extraño, por ello, que al intentar explicar una relación con la obra de artistas actuales, el propio Peschiera se sienta cercano a la obra precisamente de dos escultores: Anish Kapoor y Martin Puryear .</p>
<p> </p>
<p>El juego inacabable de paradojas y contradicciones está servido. En él la obra de Peschiera se resuelve como la disposición efectiva de objetos que articulan en ellos cadenas infinitas de sentidos opuestos y diversos. Los objetos representados se erigen ante nosotros como depósitos de polisemia que lejos de imponer un pretendido sentido único —la voluntad de un “Maker”— atraen sobre sí todos los sentidos posibles, todas las proyecciones de la subjetividad humana. Tal pretensión está magistralmente escenificada en la serie de grabados que cierran la muestra de Peschiera y que él ha bautizado “El Doblón de Melville”. Se trata de imágenes construidas a través de la impresión del texto del capítulo XCIX de Moby Dick, la novela cumbre de Herman Melville, titulado precisamente “El Doblón”. En él se describe un objeto que se erige como principio de orden y de sentido del mundo —en tanto el mundo, en el universo melvilliano, está condensado en el barco que comanda Ahab— y de la humanidad —en tanto que todos los tipos humanos han sido puestos en relación dentro de la nave. Peschiera parece haber encontrado en este objeto que el capitán pone sobre el mástil de la nave, la posibilidad de una cifra que condensa todas sus ambiciones artísticas. El objeto, más que por la calidad simbólica y estética que pueda detentar, es universal por la cantidad de lecturas y de interpretaciones o procesos de significación que activa en sus espectadores. Dejemos que el propio artista nos hable de ello:</p>
<p> </p>
<p></p>
<p></p>
<blockquote>
<p class="wp-block-paragraph">“Ese doblón, ese solo objeto provoca la tensión de una serie de personajes claves de ese navío; cada personaje, embajador de su clase social o de su naturaleza en tanto que ser humano, va desarrollando un monólogo inspirado por el doblón. Todo el mundo proyecta cosas sobre el doblón, desde Ahab el capitán, pasando por el contramaestre, hasta el arponero —que es casi salvaje y no sabe leer ni escribir— sus deseos, sus temores y heridas… (…) ese maorí que es un hombre tatuado de la cabeza a los pies, que no lee ni escribe y que se pregunta qué es eso, y lo mira y no entiende y lo único que tiene ante ese objeto es ÉL mismo, su cuerpo; entonces se desnuda y revisa su piel para ver si entre los símbolos de sus tatuajes no habría algo que se parezca a alguno de los signos del doblón porque él también quiere leer, quiere descifrar ese objeto, su sentido: eso a mí me hace llorar. Y para mí eso es el arte.“</p>
</blockquote>
<p> </p>
<p>La estrategia de estos grabados de la parte final de la muestra de Peschiera es, en ese sentido, inobjetable. El texto del capítulo de Melville que habla de todas estas proyecciones sobre un objeto se resuelve, con variaciones tipográficas, como si el texto fuese sólo un elemento plástico que gradúa tonalidades, en otros doblones situados frente a nuestros propios ojos. El texto que habla del objeto-mundo y que se resuelve plásticamente como un objeto-mundo no hace sino cerrar de modo irresistible una puesta en escena en abismo. Ante el doblón representado que “habla” de las lecturas que se hacen del doblón literario, estamos una vez más en medio de una sucesión de cajas superpuestas de calidad y de sentido. Peschiera desempeña en este diseño el papel de agudo crítico del arte, entendiendo que el lugar indicado para la lectura del arte es el arte mismo.</p>
<p> </p>
<p>Una vez enfrentados a los doblones, es casi imposible resistirse a leer como tales todos los objetos tras los cuales, dentro o fuera de los confines del espacio de representación, Peschiera parece esconderse. Las pinturas, los grabados, las acuarelas están ahí y ante ellos deberíamos otear, como ante un espejo, aquello que sentimos, padecemos y deseamos . Ante su obra, como ante el doblón que pende del mástil más alto de una embarcación totalizante, podríamos tomar los roles de Starbuck, Stubb, Pip, o también del simple caníbal que compara los tatuajes de su piel con la piel de la pintura. El objeto único interpela nuestra razón y cultura, pero también nuestros sentidos y por último nuestros instintos y pulsiones como acercándonos a un viaje a la infancia o a aquello que, agazapado en lo prelingüístico, Lyotard ha llamado “lo intratable”. El objeto nos refleja y nos dice y ante él descubrimos también que nosotros mismos somos un objeto mirado, una unidad de sentido, un signo total que puede contener todos los sentidos, el receptáculo mismo sobre el que adviene el arte. Ahab, gracias a Melville, lo expresa mejor: “the image of the rounder globe, which, like a magician’s glass, to each and every man in turn but mirrors back his own mysterious self”.</p>
<p><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftn8">8</a></p>
<p> </p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph">Jeremías Gamboa Cárdenas<br />Boulder, Colorado, octubre de 2006</p>
<p> </p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><strong>REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS</strong></p>
<p></p>
<p></p>
<ul>
<li>Benjamín, Walter. <em>“La obra de arte en la época de su reproductibilidad”. Discursos interrumpidos I</em>. Madrid, Taurus, 1973.</li>
<li>Bhabha, Homi y Tazzi Pier Luigi. <em>Anish Kapoor</em>. Berkeley, University of California Press, 1998.</li>
<li>Crutchfield, Margo. <em style="color: #fafaff;">Martin Puryear</em><span style="color: #fafaff;">. Richmond. Virginia Museum of Fine Arts, 2001.</span></li>
<li>Cuenat, Philippe. “Seis o siete fragmentos sobre la idea de una totalidad improbable”. Catálogo para la muestra de la sala Luis Miró-Quesada Garland, Miraflores, Lima 1998</li>
<li>Christianse, Keith, Golden Andrea y otros <em>Giovanni Bellini and the Art of Devotion</em>. Editado por Ronda Kasl. Indianapolis. Indianapolis Museum of Art, 2004.</li>
<li>De Ferrari, Silvio. “Pedro Peschiera : la estética ausente de la significación”. EXPRESO Noviembre 1998</li>
<li>Deleuze, Gilles y Guattari Félix. <em>Kafka, por una literatura menor</em>,. México. Ediciones Era, 1978.</li>
<li>Derrida, Jacques. <em>De la Gramatología</em>. Buenos Aires: Siglo veintiuno editores, 1971.</li>
<li>Lama, Luis. “Pedro Peschiera”. Revista Caretas, octubre de 1998.</li>
<li>Lyotard, Francois. <em>Lecturas de Infancia</em>. Buenos Aires. Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1997.</li>
<li>Melville, Herman. <em>Moby Dick or The Whale</em>. New York: Hendricks House, 1952.</li>
<li>Melville, Herman. <em>Moby Dick</em>. Traducción de José María Valverde. Barcelona,<br />Editorial Planeta, 2003.</li>
<li>Revaz Nadia. “Pedro Peschiera: En Busca de un Paradigma”. 1997</li>
<li>Quijandría, Rodrigo. “Magnífica Insondabilidad”. El Sol, 21 de octubre, 1998</li>
<li>Steiner, George. <em>Real Presences</em>. Chicago: University of Chicago Press, 1989.</li>
<li>Wiener, Gabriela. “La Sagrada Familia”. El Dominical de El Comercio. 26 de noviembre 2000</li>
</ul>
<p class="wp-block-paragraph"></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><em> </em></p>
<p><em>Hay gestos en el trabajo de Peschiera que son casi inversiones de los postulados benjaminianos. Un ejemplo representativo es el uso de un soporte serializado como los grabados, bajo la idea de la copia única, como un programa poético que intenta reponer el aura a aquello que por naturaleza no podría tenerla</em>.</p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref2">2</a> <em>Walter </em><em>Benjamín en La obra de arte en la época de su reproductibilidad, p. 24</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref3">3</a> <em>Jacques Derrida en De la Gramatología</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref4">4</a> <em>Deleuze y Guattari en Kafka, por una literatura menor</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref5">5</a> <em>Rodrigo Quijandría en “Magnífica Insondabilidad”</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref6">6</a> <em>Gabriela Wiener en “La Sagrada Familia”</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref7">7</a> <em>Nadia Revaz en “Pedro Peschiera: En Busca de un Paradigma”</em></p>
<p></p>
<p></p>
<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://www.pedropeschiera.com/texts.php#_ftnref8">8</a> «<em>la imagen del globo más redondo, que, como el espejo de un mago no hace otra cosa que devolver a cada cual a su vez, su propio yo misterioso.</em>«</p>
<p></p>								</div>
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		<title>Article by Ismael Pinto (2003) – Spanish</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jan 2003 18:24:57 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Artículo Ismael Pinto 2003 CULTURAL – EXPRESO ENTRE EROS Y TANATOS, CON MELVILLE Y RILKE  Conversando con Pedro Peschiera Pedro Peschiera está [&#8230;]]]></description>
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					<h1 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Artículo Ismael Pinto 2003
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">CULTURAL – EXPRESO ENTRE EROS Y TANATOS, CON MELVILLE Y RILKE </h2>				</div>
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									<h3>Conversando con Pedro Peschiera</h3>								</div>
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									<p>Pedro Peschiera está en Lima. Es un pintor que empezó a trabajar muy temprano y por meditada decisión a exhibir tarde. Vale decir, un artista que no busca « posesionarse » en el mercado, ni le atrae la fama de los 15 minutos. Su camino tiene dos grandes señales: rigor y seriedad. Nunca quise exponer antes – dice – porque me parecía que no había llegado a una madurez, a algo decantado, para poder asumirlo como algo mío. Me decía que todavía me estaba buscando. No es que ahora no me esté buscando, hoy creo que mi obra es presentable, antes no. Trabajo bastante, pero produzco poco. No me alcanzan los cuadros, empecé a exponer muy tarde, en el 92.</p>
<p> </p>
<h3>UNA LARGA PREPARACIÓN</h3>
<p>Peschiera, de Artes Plásticas de la PUCP, se marchó a París. Allí – recuerda – empecé a estudiar en la Escuela de Bellas Artes, era una época caótica; me fui con el dolor de mi corazón, yo quería una formación más sólida. En Suiza, si bien era liberal, era moderna y sólida. Resido en Ginebra, donde hice cinco años de bellas artes y siete de universidad, y pintaba al mismo tiempo. En la universidad estudié historia del arte. Decidí quedarme en Ginebra porque era muy fácil irme en muy poco tiempo a París, a Italia.<br /><br />Una de las razones de mis estudios universitarios fue para profundizar mis conocimientos, necesitaba tener un bagaje intelectual para no depender de los discursos críticos ajenos, para argumentar, para sustentar teóricamente mi obra.<br /><br /></p>
<h3>ARTES PLÁSTICAS</h3>
<p>Guardo muy buenos recuerdos de Artes Plásticas. Fui alumno de Winternitz: era el « profe », de Ana Maccagno, Szyszlo, de Julia Navarrete. Julia es ejemplar, fue mi profesora, soy su discípulo como de « el profe ». Ella me enseñó : la seriedad, la disciplina, la exigencia. Szyszlo enseñaba a partir del quinto año y formaba parte de los jurados. Me ayudó mucho cuando pasé el último jurado, antes de irme a Europa me dijo – por la pintura que yo hacía en esa época, que era laqueada, muy brillante, con veladura – : mira tal y tal pintor flamenco; en mi largo peregrinar por los museos europeos seguí al pié de la letra su consejo, tenía razón.<br /><br /></p>
<h3>LOS AMIGOS DE TILSA</h3>
<p>Quien complementó mi formación fue Tilsa. Con Bruno Zeppilli le teníamos reverencia, como a un profeta. Una fascinación absoluta por su pintura como nunca la tuve por la pintura de nadie, aquí en el Perú, en esa época. Sus grandes amores por la pintura me los pasó y me enseñó a ver las pieles en la pintura. Que habían como velos, y que la pintura podía venir de bien atrás y que no era solamente una superficie simple. Además, siempre me decía: pinta de un color intenso y después vas quitándole poquito a poco… me decía: píntalo de un rojo violento para que después todo lo que le pongas encima refleje esa especie de sangre que hay al fondo de la pintura.<br /><br />Tilsa me enseñó no sólo a ver más allá de la pintura, sino a verla desde adentro, a darme cuenta si algo tenía calidad o no. Y cómo hacer para que la cosa tenga calidad. Cómo hacer para que la materia no se reciba y se consuma inmediatamente, sino que siga haciendo « gong », que siga resonando, que trascienda. Buscaba una especie de misterio en la manera de hacer las cosas: el instante creador rilkeano.<br /><br /></p>
<h3>MELVILLE Y EL 2004</h3>
<p>Peschiera es un artista que ha hecho toda su carrera en el extranjero. Sus tres primeras individuales las realizó en Suiza. Su primera peruana fue en el 1998, en Lima. La segunda – pinturas y grabados – , en le galería de Lucía de la Puente, el 2000. Exhibiré – nos dice – el 2004, creo que en noviembre ; quisiera que sea el 2005. Es un espacio maravilloso el que tiene Lucía, pero me da miedo porque nunca he visto mis cuadros en un espacio tan grande. Me gustaría trabajar un cuadro enorme, pero si es el 2004, no lo voy a poder hacer. Tengo el proyecto en la cabeza; para realizarlo vendría a vivir un año acá y pintarlo durante ese tiempo: mediría un metro cuarenta de largo por tres de largo. Sueño con ese cuadro. Sé sus colores y hasta lo visualizo en la galería: en la pared del fondo y si uno lo ve de entrada puede dar un gran impacto; no creo que me alcance el tiempo. Tengo programadas cosas que hacer, y no las puedo dejar de lado.<br /><br />Traeré pintura y grabados. También el « El Doblón », un trabajo que tiene como soporte ese capítulo de Moby Dick, de Melville. Sí soy melviliano y rilkeano. Para mí el doblón es una metáfora de lo que es el arte – recuerda a Achab clavándolo en el mástil – el doblón es un trofeo. Simboliza lo más alto, lo más preciado.<br /><br />El arte es igual, refleja a quien lo mira, el arte no va a dar más de lo que el espectador tiene adentro. Es como un espejo. El arte nos mira, y también nos miramos y nos encontramos en él. Pero no es sólo lo que nos dice, sino lo que nosotros le pedimos que nos diga. Sucede lo que con el doblón de Melville. Quienes lo quieren, lo codician, vienen a ser los que le dan la trascendencia a la obra, al instante ese de que hablaba Rilke, al diálogo en voz baja/diariamente, una hora, con la eternidad.<br /><br /></p>
<h3>ENTRE TANATOS Y EROS</h3>
<p style="text-align: left;">Mi obra se da en familias, como familias poéticas que se complementan ; Mantos (alguien los ve como paredes que impiden el paso, también como espacios protectores, misteriosos que impiden ver al otro lado; ahora carecen de ladrillos, son simples rayas), Pozos, Conchas (Botticelli)? sí, pero también son trozos de hombre, de mujer, ensayos de la naturaleza), Mesas, Hoyos. Sí, los pozos participan de eros y tánatos: de muerte y vida. Del pozo viene el agua, fuente de vida. Me fascina ese doble misterio; el principio y el fin. El pozo también como la última morada: el hueco.<br /><br />En la exposición del 2004 incluiré un par de obras que serán una alusión al hueco, con una familia nueva de pinturas; Cuencos, que van a ser como vasijas y eso se va a mezclar también con la noción de hueco, de fosa. Pero la vasija es una cosa que cobija, el hueco es algo sideral que no tiene fin. Me gusta las significaciones de los dos: el principio del círculo cerrado. El fin está en el principio, el principio en el fin. Lo de los pozos quizá me viene de Italia y de Francia, de la abadías monásticas de los siglos XI y XII. También de la pintura de Uccello y del Cristo yacente de Holbein, es el espacio para recibir, para proteger, igual el espacio para surgir.<br /><br />En Pedro Peschiera nos sorprende la seguridad y el rigor con que trata su obra. También ese no tener prisa, ese ostensible desapego al tiempo, él sabe que sólo una obra de arte lo puede trascender. Y otra vez Rilke: Todos caemos. Cae mi mano. / Y mirad las otras: también ellas caen. / Sin embargo hay alguien que con dulzura infinita / detiene con sus manos esa caída.</p>
<p> </p>
<p style="text-align: right;"><br />Ismael Pinto<br /><em>Expreso – Cultural, página 22  Domingo 12 de enero del 2003</em></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>								</div>
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		<title>Article by Frederick Cooper (2001) – Spanish</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Mar 2001 19:44:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Article]]></category>
		<category><![CDATA[2001]]></category>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Artículo Frederick Cooper 2001 Pedro Peschiera El primer contacto con las obras de Pedro Peschiera – un pintor peruano de cuarenta [&#8230;]]]></description>
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									<p>El primer contacto con las obras de Pedro Peschiera – un pintor peruano de cuarenta y siete años de edad radicado en Ginebra – es ciertamente desconcertante. Sus cuadros, de un minimalismo radical y un perfeccionismo escrupuloso, provocan al comienzo reacciones perplejas. Pretenden promover a lo naif a un rango exquisito? O son evocaciones de un acerbo arquitectónico oculto o primitivo? Plantea indagaciones a una metafísica cifrada en un léxico ritual y cultivado? Pretende elaborar un sedimento gráfico que sea elemental y también trascendente? Cuántas otras opciones escrutan sus figuras, sus edificios ciegos, esas tinajas fúnebres, o sus moluscos clásicos, objetos escultóricos o sus tipografías perfectas e impolutas? Es todas estas cosas concomitantemente, o un acopio ordenado de motivos atávicos que el artista convoca en busca de un proyecto intelectual y estético que está siendo construido muy minuciosamente.</p><p>El cuadro que me introdujo a su universo artístico fue uno de sus Mantos, una composición cargada de alusiones que aparentemente – no obstante lo inmediato de su iconografía – no sólo no se agota en la introducción de sus temas primarios, sino que nos excita a querer descifrar su extraño contenido: destilar gradualmente su misteriosa entraña, urdiéndo el espesor de sus gruesos motivos en busca de acceder a una interioridad sofocante e incómoda, un punto de partida hacia otra dimensión, en que estamos ya solos. El tránsito se opera en base a insinuaciones flagrantes y notorias. Primero se registra, claro está, el edificio cóncavo que abarca todo el lienzo, a excepción de la orilla; luego nos avasalla una enorme estructura, encorvada y simétrica, cuyo contorno arqueado abraza grácilmente su leve curvatura y el arco rebajado de su vahída cúspide. Este extraño volumen figura construido en albañilería de ladrillo a la vista, una pared continua que es también la fachada de un volumen ambiguo cuya identidad asume íntegramente, y cuya corpulencia añade contumacia al sentido agobiante de la composición. Tramado de siete hiladas amarradas en soga y apiladas en bandas, el muro configura una linealidad cuya masividad ha sido realzada por el ritmo obstinado que crean los intervalos de ladrillos de canto, una imagen textil apretada y severa, que le da el carácter de un tapiz corpulento hinchado en el espacio. Para hacer más notorio su rigor estilístico, la trama se adelgaza hacia el sobrecimiento, lo que hace atenuar la percepción visual de su apoyo en el piso, y el peso colosal que insinúa su porte.</p><p>En su parte más alta, debajo del nivel en que se origina el arco rebajado que limita su altura, y sobre la charnela de su eje simétrico, un óculo profundo, un agujero certero le confiere al diseño gran parte de su mito. Porque este orificio, es ojo y es ventana, y al combinar por tanto en una misma forma un motivo orgánico con otro arquitectónico, es Ser y es Edificio, es decir, dos cosas diferentes cuya ambigüedad alude abiertamente a crear la paradoja que pretende la obra. En tanto que ventana, el el círculo le otorga espesor y sustancia (tampoco abiertamente, ya que el espesor que le otorgan los flancos sugiere un interior muy poco contingente, y por tanto un espacio tan sólo conceptual, ya que difícilmente cabe imaginar un ambiente habitable dentro de esa estrechez). A ello contribuye muy ostensiblemente la ausencia de otros vanos, el que en todo el volumen no se acusen puertas ni otras aberturas. Esa rotundidad se muestra recusada por la clara intención de hacer que la estructura muestre un edificio, y no únicamente un objeto escultórico, o una semblanza gráfica. Porque es indiscutible que no sólo el detalle con que está trabajada la minuciosa escala de todo su aparejo, sino la apariencia rústica de la pátina gris con que está revestido, aluden a un carácter constructivo y tectónico, y no a un objeto meramente gratuito. Ese mismo conflicto se hace más inquietante cuando se cae en cuenta que la perforación puede no ser un óculo, sino un ojo insólito, la pieza que transforma la apariencia exterior de una obra construida, en un ser animado, un Polifemo abstracto sin facciones humanas, cuya anatomía ha sido transmutada en una arquitectura frontal y opresiva. Esta transmutación no sólo nos refiere al mundo mitológico, sino al Surrealismo, tanto porque alude a las composiciones de Ernst y Magritte, cuanto porque transpira un orden inconsciente, esa irrealidad rayana en la vigilia propia del mundo onírico.</p><p>Dentro de otro registro surge también muy clara la arquitectura escueta creada por Mario Botta, tanto porque el detalle del muro de ladrillo – el mostrar uno a uno cada uno de los módulos, y ritmar las hiladas en tramos encintados – es tan característico de su obra doméstica, como porque el volumen, masivo y enclaustrado, está en consonancia con las formas ciclópeas de sus bloques primarios, la geometría básica de cubos y cilindros que emplea en su diseño. Esta misma vertiente conduce, como en Botta, a las inmediaciones del mundo medieval, no sólo porque el manto de sus muros desnudos, ciegos y aparejados, resuena al Románico, sino porque el silencio del espacio vacío en el que está inmerso también nos retrotrae al clima espiritual de sus templos y claustros. Esta complejidad sostiene su presencia en la composición, bajo el sometimiento del espacio brevísimo en el que está inmerso. Porque a final de cuentas, todas esas lecturas están amalgamadas por la estrechez dramática del aire remanente que enmarca a su diseño. Esta escasez extrema le confiere a la obra un aire sofocante no menos transcendente, el catalizador que impregna el contenido de los demás factores con un significado angustioso e incierto, que el diseño destila a través de los filtros de sus varias lecturas. Ello se ve agravado por la ausencia absoluta de resquicios orgánicos – humanos o biológicos – aunque los rudimentos de sus arquitecturas evoquen la presencia de los signos vitales. Tema y contenido parecen sustentarse en una percepción del Ser y la Existencia que, si sin ser esotérica, es no menos escéptica, la noción inquietante que el conocimiento, el arte y la cultura, aun siendo exhaustivos, siguen siendo equívocos.</p><p>Mi impresión de este cuadro fue tan definitiva, que se ha hecho extensiva a sus otros trabajos. Así aquella otra serie que ha llamado los Pozos es aún más radical en el mismo sentido, en tanto aquí el espacio está aún más constreñido al haberse abreviado no sólo los contornos, sino aún la entraña de la concavidad que constituye el tema. La estrechez se alía a otra alusión de mayor claustrofobia, a la de un sarcófago abierto hacia arriba, o la de una fuente sin resquicio de líquido. Esa orfandad orgánica reitera una insistencia de excluir al hombre de las composiciones, aun si el mismo diseño implica ambiguamente a la presencia humana – o la realidad orgánica – en sus composiciones.</p><p>La serie de las Concas aúna a ese espíritu la añoranza sutil de la Venus insigne del cuadro de Botticelli, una extraña carencia que le otorga al motivo aquel protagonismo que Stoppard introdujo al rescatar de Hamlet a Rosencrantz y Guildenstern para crearle un sesgo igualmente ambicioso a la obra de Shakespeare. Aquí también la escala contribuye a entrabar una lectura única de un tema tan trivial, ya que siempre el motivo retoza aisladamente dentro de un firmamento que simula un paisaje, lo que torna equívoca su corpulencia física. Estos y otros matices dan también a esta serie el contanido equívoco, surrealista o mítico, que Peschiera introduce siempre en sus pinturas, la carga paradójica que abre ese sentido implacable e incierto, tan propio de sus obras.</p><p>No puede soslayarse el que su propia técnica contribuya a forjar el clima agobiante que proyectan sus cuadros. En efecto, el uso de la témpera al huevo ayuda a imprimirles una seca tersura que atiza el carácter ascético y distante de sus composiciones. Con virtuosismo insigne, Peschiera aprovecha la fluidez del medio para crear veladuras y brillos soterrados que, debidamente exaltados por aguadas difusas, producen unas pátinas que hacen aún más distante la apariencia fingida de espacios y planos. Igualmente exquisitas son sus composiciones en el ámbito gráfico. Elaborando siempre sus temas predilectos – o introduciendo otros – Peschiera incorpora la gráfica alfabética a su idea primaria de elaborar vacíos que encierren unos temas cuya simplicidad permita rescatar la esencia primitiva de formas conocidas. Pozos, Hoyos y Casas se convierten así en cándidos vehículos para implementar esas desolaciones que le son tan vitales, sólo que aquí el contexto cultural e histórico está instrumentado, no sólo por las formas, sino por el empleo de frases sicalípticas que ocupan – saturándolo – al espacio en conjunto.</p><p>A modo de colofón, cito a Nadia Revaz en un párrafo breve que creo sintetiza de manera acertada el sentido esencial del arte de Peschiera: «Las propuestas de Pedro Peschiera no son una mera acotación artística o una simple referencia a algún atributo particular de obras de arte del pasado. Tampoco llevan consigo una intención exclusivamente religiosa o mitológica. Su propuesta traduce una voluntad de unir el pasado y el presente o de juntar lo tangible con lo trascendente. Todos sus trabajos se caracterizan en forma explícita por las múltiples lecturas interpretativas que suscitan. Eso parece indicar que existe una verdadera lucha por forjar paradigmas que nos cuestionen, que sean capaces de recojer, generar y conservar fuentes de significado. Sin concesiones, para con algunas de las tendencias del arte contemporáneo, su trabajo despliega la aspiración a crear analogías que puedan, sino acoger, al menos rozar de cerca, la noción de quinta esencia.»</p><p style="text-align: right;">Frederick Cooper<br /><em>ARKINKA, marzo, 2001</em></p>								</div>
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		<title>Article by Gabriela Wiener (2000) – Spanish</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Nov 2000 20:05:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Artículo Gabriela Wiener 2000 Pedro Peschiera La Sagrada Familia Silencio, estatismo y monumentalidad en la segunda individual de Pedro Peschiera, quien [&#8230;]]]></description>
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									<h3>La Sagrada Familia</h3><p>Silencio, estatismo y monumentalidad en la segunda individual de Pedro Peschiera, quien suma a la de los « Mantos, Arcas y Conchas », dos nuevas familias de cuadros: « las Barcas y las Campanas », en la galería Lucía de la Puente.</p><p>Los cuadros salen como de un sombrero de copa: un autorretrato de Rubens con medias naranja sobre un abrigo rojo violeta, la barca de Dante y Virgilio o la de los locos, el enorme campanario sobre la plaza, una monumental Virgen de Piero della Francesca y las conchas de las fuentes del Bernini. Vale todo. Basta con sacar los conejos, recuperar para sí mismo, un color, una forma, un pliegue del mundo o de las imágenes del mundo, todo es susceptible de ser encapsulado en ese extraño recipiente llamado cuadro, mediante un procedimiento mezcla de azar y truco. Al menos así ocurre para él. Pero, qué encapsula Pedro Peschiera?</p><h3>Líneas de parentesco</h3><p>Tal vez lo suyo es enmarcar la precisión aparente, la forma impecable, la estructura geométrica y el perspectivismo exacerbado. También la verdadera irregularidad de las líneas, la textura y la vitalidad del color. Y finalmente el silencio de las formas quietas, sin fenómenos naturales, sin narrativa posible, sin acción, una única figura suspendida en el tiempo, y por ello trascendente.</p><p>Pedro Peschiera vive hace 26 años en Suiza pintando lienzos y trazando carboncillos con la devoción y paciencia de un relojero. Está en Lima después de dos años, con una gabardina negra bajo el sol, rodeado de su parentela : sus mantos. pozos, hoyos, conchas y mesas, familias de pinturas, objetos constantes y atemporales, similares pero nunca idénticos – reiteración, más no repetición, aclara – y latentes a lo largo de toda su producción, pese a los cambios de registro. « Cuando hice las conchas la gente pensó que los mantos y los pozos ya no iban más, que me orientaba a formas más orgánicas pero no, sólo introducía otra familia. Yo no quiero una búsqueda lineal, progresiva, única, quiero ir con todas las posibilidades abiertas hasta que poco a poco vayan cayendo como hojas secas. »</p><p>Según él, las barcas no tienen nada que ver con las campanas o los pozos, pero juntos, « habrá una manera en que las cosas se respondan. A mí me interesa que unas obras sean espejos de otras. Concibo mi trabajo como un tren, cada vagón le da un eco a otro vagón. » Así el diálogo de formas ocurre casi silenciosamente, en la imaginación del espectador.</p><p>Los ‘Mantos’ y ‘Arcas’, inspirados en la iconografía renacentista y en el concepto de la arquitectura románica-medieval, ya presentes en su individual de la galería Luis Miró Quesada Garland (1998), se mantienen en esta muestra. Son estructuras arquetípicas que remiten directamente a los templos sagrados, dibujadas con carboncillo sobre un fondo de papel acuarelado.</p><p>A éstos se agregan dos nuevas estirpes, las « Barcas » y « Campanas », escenificadas un sin número de veces por la tradición del arte occidental pero retomadas por Peschiera en una clave distinta. Estas han sido pintadas con témpera al huevo sobre tela, que les otorga esa condición satinada, arenosa y seca.</p><h3>El color de la línea emotiva</h3><p>Para el pintor no es válida la descripción del objeto sin la apuesta artesanal, matérica y pictórica. « hay una lectura del color, que es lo que me interesa, no es sólo el mensaje conceptual sino también la percepción sensorial lo que intento. »</p><p>A decir de Peschiera, el color tiene una función anímica. « No puedo decir que el rojo es pasión o el verde esperanza, porque caeríamos en el insoportable cliché. El color se define en la elección entre una pintura extrovertida o introvertida, entre uno u otro sonido. »</p><p>El cuadro más pequeño de la muestra resume su concepción de la pintura. La témpera está acumulada sobre una porción de lija y deja ver la rugosidad del brochazo en el contorno del Manto, donde expresión y concepto se integran. « Me gustaría que la experiencia de cada obra fuera diferente, única, un pequeño shock. », afirma Peschiera, «cada obra debe tener un contenido general, pero también un contenido particular sensorial-emotivo».</p><p>Lo suyo es sólo aparentemente intelectual, « para mí hasta en la geometría puede haber sensualidad, todo depende de la armonía compositiva de las cosas, como están armadas, qué relación tienen con el espacio ». Todo en Peschiera habla de la contradicción entre rigidez y emotividad. En un marco de precisión y asepsia contrapone calidez al frío curso de la línea.</p><h3>La oquedad insondable</h3><p>Su musa principal es la oquedad y lo que guarda la oquedad, una puesta en abismo hasta el infinito, según él mismo. De ahí que sus formas sean cerradas o semiabiertas. Los mantos por ejemplo, son cóncavos, algunos con un breve ojo de buey que permite apenas atisbar una realidad interior.</p><p>« Hay un tesoro detrás. La fachada anuncia algo más que no veremos, es como una promesa de muchos sentidos, como el refugio del sentido. Se parecen a los templos medievales, todo gravita a su alrededor y son inviolables. La posibilidad de entrar agotaría definitivamente el interior ».</p><p>Las campanas y barcas comparten con arcas y mantos la facultad de ser contenedores de vacío.</p><p>« Pero no un vacío nihilista, sino potencial, porque cada objeto está construido alrededor de la nada, espera un contenido, o tiene un contenido implícito sin que el contenido sea formulado. El contenedor lo anuncia pero no lo descifra en lo absoluto ».</p><p>Peschiera selecciona un objeto de la realidad, lo aísla enmarcándolo en una relación estrecha con el formato y lo potencia. Para ello se sirve del concepto del « cuadro-estuche ». « La dimensión del cuadro está determinada por el objeto que está al interior – dice -. Su encajonamiento propicia una tensión entre la materia contenida y el contenedor. Me gusta que haya una relación de fuerza, pues para mí, el cuadro es un objeto fuera del mundo, es decir, alude a un mundo paralelo. No soy de los que hacen cuadros- objetos, mi cuadro es un despegue a otro mundo, por eso es como una urna, como un contenedor de mundos, con un efecto de muñeca rusa : mundo dentro de mundos dentro de mundos. »</p><h3>Realismo – idealismo</h3><p>Sería equivocado pensar que la precisión en el dibujo de las formas es un intento hiperrealista, nos dice. « En realidad son deformes ». Parecen campanas o botes, pero la construcción es totalmente falsa y se orienta a intensificar la relación con el formato. » Aunque los edificios parecieran más idealizados que las campanas, para Peschiera todo revela la misma idealización, la misma arquetipización. « Todas son variantes de un mismo paradigma. En ese sentido es un poco platónico. Pero mi interés no es que haya uno sólo, sino muchos paradigmas, que por encima de ser pozos sean pozos diferentes ».</p><p>Por supuesto que las apariencias engañan y de eso trata el juego. « Ni para un flamenco antiguo, ni para un hiperrealista contemporáneo, el dibujo está obligado de ser perfecto. Si uno se acerca se ve cierta huella, ciertos contornos. El trabajo pretende ser impecable pero no tiene que ver con una búsqueda fotográfica ». Peschiera es de los que creen que con costuras es mejor que sin ellas.</p><p style="text-align: right;">Gabriela Wiener<br /><em>El Comercio – « El Dominical » 26 de noviembre 2000</em></p>								</div>
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		<title>Review by Élida Román (1998) – Spanish</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 1998 20:26:35 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Crítica Élida Román 1998 Concepto y misticismo en una pintura de gran calidad Luego de un breve paso por la Escuela [&#8230;]]]></description>
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									<p>Luego de un breve paso por la Escuela de Artes Plásticas de la PUC, Pedro Peschiera, oriundo del Perú, se estableció en 1975 en Ginebra (Suiza), realizando estudios de pintura, historia del arte y literatura inglesa y fijando una residencia que se prolonga hasta hoy. Es en esta fascinante ciudad donde ha desarrollado su trabajo artístico, signado por una evidente presencia del ámbito gótico, medieval, cargado de reflexión y experiencia mística, austera y contenida a la vez que habitado de extraña fuerza.</p><p>La exposición que acaba de realizar en la Sala Luis Miró Quesada de la Municipalidad de Miraflores, reúne – en su primera presentación en el Perú – pinturas y grabados en un conjunto ante el cual asombro y deslumbramiento van de la mano. Artista profundo, silencioso, meticuloso en el tratamiento, extremadamente exigente en la economía y claridad de su concepto, la obra de Peschiera alcanza una excelencia poco acostumbrada.</p><p>Todas las pinturas – realizadas, con excepción de un acrílico, en la antigua y exigente técnica de la témpera al huevo – presentan un elemento o forma protagónico, apenas contenido en la dimensión del cuadro, no invasor pero sí con vocación de omnipresencia, expresado en formas conceptuales, genéricas, desposeídas de detalle, adorno o adjetivo, monocromas, apenas limitado su color a sutilezas de tonalidad o breves desvíos de la gama, nunca contrastadas o bruscas, asimiladas a una geometría sencilla y eficaz que, al mismo tiempo, propicia en muchos casos ambigüedad de reconocimiento (manto-muro, pozo-féretro), en otros suspensión de juicio inmediato o análisis de función (concha-médano, mesa-banco, muralla-iglesia).</p><p>Si esta aparente sencillez es de tal austeridad, de tal economía y de tal brevedad en el enunciado, ¿cuál es su peculiaridad? dónde reside esa extraña atmósfera que nos lleva en el tiempo? porqué sentimos ese dominio de las formas imponentes, que en realidad no lo son pues no existe exceso alguno en ellas ? qué nos hace presentir con certeza la entrega de su autor ? Extraño acertijo que propone la calidad innegable de esta estupenda pintura.</p><p>Pintura que no sólo habla de un discurso sobre el hombre, la vida, la muerte, la paz, el silencio y el desasosiego, sino que invita a participar de ese posible trance, casi mágico, que supone el refugio en la meditación profunda, a la contemplación extasiada que busca lo cósmico en lo terreno.</p><p>Ante esta verdadera poesía visual, recordamos la mística rilkeana: « Sólo quien alzó su lira / también entre las sombras, / puede intuir y revelar / la alabanza infinita. / Sólo quien comió con los muertos / su propia adormidera / no retorna a perder jamás / el más leve sonido. / Y aunque a menudo en el estanque / se nos hunde el reflejo: / conoce tú la imagen. / Sólo en el doble reino / se returnán las voces / eternas y suaves.»</p><p>Idea de la metamorfosis en que vida y muerte se mezclan, sentido oculto del paso de una forma a otra, como en los sarcófagos que devienen fuentes en esta pintura tan especial. En la obra gráfica, Peschiera sostiene este concepto enriqueciéndolo, complejizándolo, con un juego semántico apoyado en la palabra escrita. Palabras tomadas de varios idiomas, impresas con la misma tipografía y sólo destacadas, mediante un entintado más fuerte, en cuanto entes formales constitutivos de imágenes precisas (silueta de casa, de pozo, etc.), donde el dentro-fuera es en algunos casos sostenido también por el significado estricto (p.e. waste-worth), en otros conformado por una seriación encadenada de conceptos.</p><p>Planteo agudo e inteligente, que traduce su pretensión ecuménica mediante la utilización de una escritura políglota y, otra vez, la presencia de imágenes sintéticas y genéricas Pedro Peschiera se revela así, como uno de los artistas más interesantes y completos que hayamos visto en el transcurso del año, dueño de una sólida madurez en el planteo y una impecable factura en la técnica.</p><p style="text-align: right;">Elida Román<br /><em>El Comercio, 15 de noviembre de 1998</em></p>								</div>
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		<title>Review Silvio de Ferrari L  (1998) – Spanish</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 1998 20:54:54 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Crítica Silvio de Ferrari L 1998 Pedro Peschiera: la estética ausente de la significación Pedro Peschiera nació en Lima, estudió dos [&#8230;]]]></description>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Pedro Peschiera: la estética ausente de la significación</h2>				</div>
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									<p>Pedro Peschiera nació en Lima, estudió dos años en la actual Facultad de Arte de la Católica (1973-75) y viajó a Suiza para continuar su formación en la Escuela Superior de Arte Visual y finalmente en la Universidad de Ginebra (Historia del Arte y literatura inglesa). Su largo período de formación – desde 1973 hasta 1987 – nos instruye sobre el compromiso que él a impuesto a su vida y su trabajo artístico en Europa. La quinta exposición individual (las cuatro anteriores fueron en Suiza), Pinturas y grabados, la realiza actualmente en el Centro Cultural de Miraflores con los auspicios de Pro Helvitia, Arts Council of Switzerland y otros sponsor invitados.</p><p>Una observación breve a las telas, nos daría el criterio de un trabajo riguroso que tiene como partida un academicismo frío, racional, meditado. Pero concediéndonos mayor tiempo y atención encontramos que su labor de abstracción y rigor recorren el gran panorama pictórico e incluso arquitectónico de la Europa del románico como la del siglo XV de Botticelli. A nuestro juicio, Manto III y Manto IV son dos concepciones monumentales de la arquitectura religiosa románica que cimentan un rasgo trascendente a través de una semántica que construye un enorme edificio simbólico. Es evidente el trazo figurativo en la silueta arquitectónica maciza, despojada de ornamentos y efectos; salvo el «ojo» de la estructura luminosa superior, el tema se aleja de la instrumentalidad humana negando el acceso a un espacio que no ha sido racionalmente definido. Las puertas han desaparecido y el monumento no contiene un espacio interior. Es en este aspecto, donde se introduce el intertexto de la subjetividad del autor.</p><p>Es este aspecto singular de las obras el que otorga a la representación un valor y una singularidad a sus referentes. Pozo I y PozoV son una analogía del presupuesto de la voluntad que exhibe un rigor y mínimo detalle formal. El trabajo de abstracción se prolonga en Conca I y Conca IV, dos excelentes ejemplos de una reminiscencia del botticelliano mundo de Venus que relacionaba el eros con la vida y la creación humana. En la lectura que Peschiera realiza, el objeto, aislado del contexto histórico, adquiere un significado que da voz a una ausencia resolviendo el dispositivo pictórico y la propuesta mental en la que los postulados de la simetría han sido convenientemente trabajados y rigurosamente acabados con los contenidos simbólicos que escapan a todo tipo de definiciones y delimitaciones.</p><p>En un texto de Ludwig Wittegenstein «sobre la certidumbre», se afirma que «si comenzamos a creer en algo, esto no es una propuesta aislada, sino un sistema entero de propuestas». El enunciado nos remite a un conjunto de obras, que como bien dice el filósofo alemán, conforman una propuesta coherente que permanece inalterable en la segunda sección conformada por los grabados. Las composiciones, denominadas por el autor familias o registros son « Mantos », « Hoyos », « Mesas o « Pozos ». Los fotograbados y las serigrafías confirman la creatividad de una empresa destinada a recordarnos la imposibilidad de constituir un « repertorio de significados vírgenes de toda contaminación cultural » (Catálogo).</p><p>La presentación de su quinta exposición individual nos da la ocasión de poder presenciar el modelo de paisajes, motivos o temas planos, despojados de otros elementos. Un formatismo singular y personal en el que se refunden una concepción clásica con otra moderna sin que esta estética, en su rigor, se encamine al enfoque crítico.</p><p>Técnicamente las obras han sido realizadas en la emulsión de témpera y huevo tratada con pigmentos puros. Es un buen momento para conocer un oficio depurado y riguroso a pesar de la dificultad que esa técnica impone a la riqueza de tonos y matices. Una obra sin concesiones de « mercado » sin caer en el elitismo del lujo debido a la sobriedad franciscana que le aparta de la ideología propia de la productividad. Los grabados a los que nos hemos remitido en las últimas líneas del comentario, son una rigurosa influencia de arte gráfico actualmente muy en boga en Europa. « Escritos » en palabras impresas sobre algunos grabados, la frase « No saliendo jamás del principio, se llega al fin » (worth/waste; flour/yeast), pone énfasis en un discurso que incluye/excluye y otorga un orden sin que ello implique maniatar y dirigir al espectador.</p><p>Si hablamos de lo incierto en el arte de fines del siglo XX, las pinturas y los grabados de Pedro Peschiera nos demuestran y confirman la ausencia de opiniones articuladas y teorías establecidas. Una opción para descubrir- a través de su obra- que nuestra percepción es cada ves más libre y que la incertidumbre frente a lo tradicional es uno de los aspectos que nos ubican en la estética de los nuevos referentes que sustentan la intención y los propósitos del arte actual.</p><p style="text-align: right;">Silvio de Ferrari Lercari<br /><em>EXPRESO Noviembre 1998</em></p>								</div>
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		<title>Article by Rodrigo Quijandría (1998) – Spanish</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 1998 20:47:20 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[━  Spanish Version Artículo Rodrigo Quijandría 1998 Magnífica insondabilidad La escuela de Arte de París en 1975 todavía vivía las secuelas del Mayo del [&#8230;]]]></description>
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					<h1 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Artículo Rodrigo Quijandría 1998</h1>				</div>
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					<h2 class="elementor-heading-title elementor-size-default">Magnífica insondabilidad
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									<p style="text-align: left;">La escuela de Arte de París en 1975 todavía vivía las secuelas del Mayo del ’68 ; estaba absolutamente politizada.</p><p>El que no era maoísta, era anarquista. La conmoción llegó al extremo y terminó por ser cerrada. Pedro quería estudiar en un país de lengua francesa, entonces pensó en Suiza, pero más precisamente en Ginebra, ya que esta cuidad, aunque en esa época era un poco provinciana, tenía sin embargo una excelente escuela de arte. A Pedro lo que más le interesaba en esa época era el aprendizaje de la mayor cantidad de técnicas pictóricas, ya que buscaba un abanico de posibilidades creativas, y pretendía llegar a tener un conocimiento y dominio profundo de ellas. Veinte años depués, Pedro Peschiera impresiona gratamente al ambiente artístico limeño en la galería de la Municipalidad de Miraflores con una importante muestra de pinturas y grabados.</p><p>Pedro utiliza una técnica antiquísima que aprendió de un viejo maestro ya fallecido. Se trata de la témpera al huevo, que se prepara artesanalmente. Esta técnica, al secar rápidamente, le permite hacer infinidad de veladuras y aguadas, lo que le otorga la verdadera riqueza a sus trabajos.</p><p>Cada obra de Pedro demora aproximadamente de cuatro a cinco meses en ser concluida, aunque aparentemente no le preocupa tener una escala de producción rara, pues nos dice que no está obsesionado con las quimeras del mercado.</p><p>Se confiesa un apasionado del arte medieval, sobretodo del románico, el gótico y por supuesto el renacentista. Cuando llegó a Europa lo que más le impresionó fue la arquitectura de los monasterios románicos, sobre todo el arte cisterciense. Su ascetismo y simplicidad lo impulsaron a buscar convertir esa arquitectura en pintura, aunque no sabía bien cómo hacerlo. Poco a poco fue alejándose del arte románico, de manera que adoptó una visión y un lenguaje plástico muy personales, como podemos notar en sus mantos y sus insólitas concavidades.</p><p>Pedro agrupa su obra en familias o registros ; los mantos, los pozos, hoyos, concas, mesas, cada una de ellas amplía el vocabulario pictórico del artista. El concepto de ausencia en su obra no pretende plantear un vacío sino más bien una plenitud, como metáfora de la aspiración de un deseo. La lejanía mantiene ese deseo, ese motor de lo que sea : de éxito, de dinero, del cuerpo de una mujer… Es lo que nos mantiene en posición apelante como frente a un manto sagrado.</p><p>Sus mesas son más arquetipos platónicos que referencias a la realidad, un lugar donde se puede compartir algo; pero en este caso hay ausencia, que posee además principios arquitectónicos y místicos como en los monumentales dólmenes.</p><p>Entre sus inanimadas familias, las concas (antigua palabra española que remite a la concavidad) son las únicas de origen animal y son vistas como receptáculos y como metáfora del origen, en en confrontación con los hoyos, de los cuales, por desgracia, sólo tiene grabados en su actual exposición. Las fuentes, que son al mismo tiempo origen y sepulcro, principio y fin, ocultamiento y demostración, cobran sentido en oposición a los monumentales y panteónicos mantos.</p><p>En sus grabados, en los cuales mezcla varios idiomas con la imagen, logra expresar su temática de manera mucho más explícita al utilizar también el nivel textual. En el caso de las serigrafías, que son los grabados de mayor formato, coloca en orden alfabético las palabras en francés, inglés y español, logrando analogías, extrapolaciones y sinónimos de las palabras relacionadas, de la interesante noción de recipiente/receptáculo; van desde océano hasta fosa nasal, desde cañón de un arma de fuego hasta Cañón del Colorado, internándose en la noción del microcosmos-macrocosmos. Por ejemplo, una cuchara podría convertirse en un cántaro, un estanque, una laguna, un mar, un océano; al mismo tiempo mezclados con adverbios como profundidad o insondabilidad, como un misterio que cada vez se aleja más, lo que en suma nos hace tender hacia algo, y no necesariamente lo que nos satisface.</p><p>Sus cuadros son como urnas fuera del mundo, se separan como una alternativa a éste. Dentro de ellos hay otras urnas, los objetos que generan tensiones al acercarse de manera apretada al formato. Una urna, dentro de otra urna, dentro de otra, donde nunca se llega a la verdadera. Abismo infinito, nunca se llega al último sentido; éste siempre está por encontrarse.</p><p style="text-align: right;">Rodrigo Quijandría<br /><em>El Sol, octubre 21, 1998</em></p>								</div>
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